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Como arena, el silencio sepultará mis ojos.
Como arena que el viento ya no podrá esparcir.
Como arena, el silencio sepultará las casas.
Como arena, las casas se desmoronarán.
Oigo ya sus lamentos. Solitarios. Sombríos.
Ahogados por el viento y la vegetación.

Julio Llamazares, La lluvia amarilla.

Aquel verano fue intenso. Había comenzado con días apacibles, agradablemente soleados; pero poco a poco se fueron transformando en mañanas y tardes de irritante sofocación, suelo ardiente y un halo entrecortado de brisa quemante. Para aquel miércoles la condensación del ambiente había llegado a su punto culminante: el río comenzó a filtrarse entre las fisuras de su lecho agrietado y reseco, hasta absorber los últimos residuos. Entonces la gente comenzó a mirar hacia el centro de aquel cielo, defendiéndose con una mano de los hostiles rayos del sol, molestos por la presencia irritante de esa bola de fuego que no parecía querer moverse de aquel lugar, preguntándose cuándo la verían desaparecer, cuando se ocultaría, cuándo sería cubierta por el milagro de una nube pasajera, dos nubes, un nubarrón, o la maravilla imposible en aquellos parajes: una llovizna. Pero para entonces hasta el viento había dejado de batir su esencia ardiente, y el cielo continuaba aún más azul y límpido. Nadie había sospechado que aquel verano sería tan intenso; ni siquiera el viejo Gumercindo, que de vez en cuando se sentaba en su banca chata junto al marco de la puerta de su casucha y observaba desfilar figuras cansinas que arrastraban los pies, levantaban polvo blanco que, apenas revoloteaba a unos centímetros del suelo, caía silenciosamente, con una pesadez exasperante. Ni siquiera él, que apenas olía el aire, vaticinaba: va a llover, va a temblar, va a calentar; y así era.  CONTINUAR.

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