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El celular siempre me despierta temprano. Suena con una urgencia vibrante que se estira y permanece en la implacable mañana que llega, que empuja hacia la intemperie fuera de las sábanas. Entonces lo busco, casi a tientas en la humareda gris del amanecer, y lo apago. El silencio. Sobreviene cortante, nítido, como un mudo compás de espera, más urgente aún. Hay que levantarse. CONTINUAR.

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