Era simple: soltarlas, en una ráfaga rápida, y alejarse de allí. Eso era. Activar el botón, sentir el peso de la nave aliviarse bruscamente, y seguir sin detenerse, como lo habían hecho tantas veces en los entrenamientos y simulacros por semanas y meses. No podía fallar. Ni siquiera por el dolor que empezaba a compactarle el estómago, ni por el creciente temblor que aflojaba sus piernas y sus manos sudorosas, mientras el objetivo se acercaba irremediablemente. A un minuto del objetivo levantó el seguro y posicionó el pulgar. Sintió el corazón sacudirle el pecho, y su aliento congelarse un breve segundo dentro de la mascarilla. Entonces lo vio.  CONTINUAR.

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