Escribir es una experiencia extraña. Una vez que se inicia jamás se intuye hacia donde irán decantando las cosas, ni cómo acabarán, si es que alguna vez acaban. Se despierta el ansia de escribir y se escribe, como una vez se despertó la de leer. Ambas están irremediablemente unidas, digan lo que digan, o crean lo que crean quienes no han comprendido jamás lo que la palabra escritura implica. O quienes la han entendido a la manera absurda, incluso compulsiva, de una actividad para hacer catarsis, o para expresar lo que se siente. Porque para mí es dudoso que se escriba para expresar nada. Si realmente se ha decido escribir.

Y es que uno decide escribir, supongo, igual que decide el rumbo que tomará su vida en el momento de cualquier decisión definitiva. Es decir, casi involuntariamente, más empujado por las circunstancias que por un mero sentimiento o ansia aparatosamente subjetiva. Así es como se toman la mayoría de las grandes decisiones en la vida, a decir verdad, empujados por las circunstancias. Por la realidad. Por la vida. Entonces la decisión aparece como fruto de una verdadera revelación, si las circunstancias son amigables, o como una arrolladora forma de inevitabilidad, en el caso contrario. En el primer caso se trata de escribir porque se vive, en el segundo se trata de escribir o morir. Incluso, a veces, es una extraña mezcla de ambas.

No sé cuál de ellas me empuja. Sé que, en algún momento, sentí la primera, y hubo otros (breves pero angustiantes) en que reconocí la segunda. Hoy no sé. Pero supongo que tampoco eso se sabe a ciencia cierta. Uno sólo escribe. Eso es todo.

Anuncios