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La Leyenda rezaba: Aquí vivió la humanidad. Nació como un ángel, brilló como fuego fatuo y se consumió a sí misma. Y en el páramo interminable de aquel desierto silencioso, el viento sopló su última queja.
Antes de caer devastada por la sequedad abisal del tiempo, sin embargo, la leve brisa pareció parpadear, indecisa, como si de pronto recordara algo que había perdido en el camino hacia aquella desolación absoluta. Más allá de la llanura, en toda la extensión hacia atrás, sólo se abrían fosas monumentales entre murallas de roca y piedra disecadas. Y una indecible mudez.
— ¿Hay alguien? –había preguntado el hombre.
Pero nadie le había contestado. Fue entonces cuando empezó a morir. Muy despacio, casi disculpándose por su insistencia en seguir con vida. Primero un pierna, luego la otra; mirar al cielo, o esa cosa irritante y actínica que era para entonces el cielo, y caer de bruces, boqueando. Alcanzó a tener un recuerdo en el instante final, por supuesto, pero se desvaneció tan rápido como su aliento.
Incluso las terrosas grietas que cuarteaban el fondo oceánico habían quedado atrás hace mucho. El breve soplo de viento las había rozado apenas, casi a punto de desaparecer justo ahí, en ese primer parpadeo que anunciaba su próxima disolución definitiva. ¿Por qué no había desaparecido entonces? ¿Por qué no al girar pálidamente en el estrecho valle que alguna vez se abrió más allá, mucho antes, donde parecía empezar la tierra?
Había muerto. No necesitaba tomarle el pulso o acercarse a verificarlo de ninguna otra forma para saberlo. Había muerto, eso era todo. Por eso sólo la cubrió y abrió la escotilla del refugio para salir. Era tiempo de partir, ahora sí. Afuera el sol y el calor eran más insoportables que aquel encierro de meses (¿o habían sido años?). Con un poco de suerte encontraría a alguien, quien fuera. La llanura le pareció un lago luminoso como un espejo. Tomó el último vestigio de su paso por allí y emprendió la marcha.
Al entrar en las correosas ruinas ennegrecidas de las gigantescas edificaciones ya había perdido bastante fuerza e impulso. Su escaso aliento apenas hubiera servido para mover una brizna, como se diría, pero aún tenía algo de la potencia inicial que lo había empujado por entre las rendijas y pasillos hacia aquella ciudad fantasma. Suficiente para continuar soplando unos metros más o, con suerte, un par de kilómetros. En el vacío ardiente de aquel mundo ya a punto de abrasarse a sí mismo, nada le impedía pasar sin un roce sobre cada cosa, imparable.
— ¿Cuánto falta?
— No mucho.
— Estoy cansada.
Él también lo estaba, aunque intentaba restarle importancia, para no preocuparla. Por eso le sonreía cada vez que podía, para no reflejar el horror que era el mirarla consumirse lentamente en esa sequedad interminable, día con día. Cuando encontraron el refugio, más allá de los rascacielos fundidos a fuego lento, la fatiga ya había flagelado la mayor parte de ese delicado cuerpo que alguna vez amó bajo un cielo más amable y estrellado. La recostó en una cama improvisada sobre el piso más bajo del refugio y esperó a que el tiempo hiciera su obra.
Fue casi un milagro aquella persistencia tan parecida a la sobrevivencia, que lo llevó desde el punto más alejado hacia el instante en que se consumió para siempre. Ni siquiera en su origen había sido una corriente de aire poderosa. Kilómetros atrás ya había nacido como un débil hálito que se eleva desde el rincón más inverosímil de un cuerpo e inicia su marcha definitiva y final.
La Leyenda era clara y él se detuvo a mirarla. Apenas oyó la voz de ella, resquebrajada por el cansancio:
— ¿Qué dice?
— Nada –susurró él.
Pero no la miraba. Se había quedado pegado, los ojos fijos y abiertos sobre aquellas palabras que palidecían ya por efecto de la furiosa radiación del un sol que parecía no quererse apagar jamás. ¿Cuánto tardaría en desaparecer aquella sentencia apocalíptica? ¿Cuándo desaparecerían ellos? Ellos. ¿Nadie más que ellos? Miró alrededor, y entonces lo sintió. El poderoso silencio que se comprimía como un macma espeso en torno a ellos. Al mundo. ¿Nadie más que ellos? Casi pudo oír el eco de ese pensamiento en su cabeza abombada de aquel silencio absoluto.
Antes de seguir, se prometió que volvería al pie de aquella sentencia. Era el punto final, el punto de inflexión. Si había alguien más, en algún lugar, llegaría allí tarde o temprano.
Justo cuando el eco de la pregunta del hombre terminó de apagarse, como su cuerpo, salió expulsado. Se filtró por una abertura que tenía el pantalón justo en la parte trasera. El nacimiento más vulgar que jamás había concebido la humanidad: la breve explosión del gas intestinal resonó sólo un segundo, débil, antes de que la sonora columna de aire se elevara y comenzara su recorrido. Un último parpadeo, frente a las letras ya ilegibles de la breve Leyenda, y el último vestigio de la humanidad, su última voz, enmudeció.

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