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Injusta sentencia es la que se escribe
a la orilla del camino, sentado
como un paria vacío de abrazos
y manos amigas que alimenten.
Y sin embargo, qué dulce
es el fruto de la soledad mal habida,
el silencio incoloro de la pena y la rabia
cuando nadie palpita
al extremo de una mirada.
¿Por qué siempre unos ojos, unos labios,
el deseo de otra piel, el vacío
de otras manos?
No quiero frutos maduros
destilando su pulpa tibia
en la gruta de esta boca.
No quiero.
Sólo un roce leve, una pálida
apariencia de amor,
de alegría compartida,
suficiente para ir por la vida
y luego olvidar, simplemente,
si la situación lo requiere.
No es mucho pedir ser un poco
de piel, un poco de manos,
un poco de de esto y lo otro,
ir en un tour de corazones y vidas
que se celebran y se tocan sin dejar
más huella que un recuerdo de proyección
cinematográfica: un dulce escozor,
un breve dolor por la historia compartida
y luego a lo propio, al quehacer cotidiano
y el comentario sentido pero ya otro.
No es mucho pedir.
Que esta sensación de soledad
se trice en su fundamento más hondo:
en el amor de otros, en la profunda
huella de su anhelo y la indiferencia
acechando en la palabra que nunca llega.

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