Olvidé beber en las aguas del Leteo,
amigos, al pasar junto a ellas,
en la hora crepuscular de todas
las vidas pasadas y futuras.
Ahora me siento en silencio
en mitad de los días y las horas
con un racimo muerto de minutos
entre los dedos y pienso:
¿en qué recodo del incierto camino
pequé de guardar esperanzas
en el abismo de esta desolación?
¿Dónde estaba entonces la razón
que todo lo alumbra en las sombras
de lo que nunca ha sido y nunca será?
Debí perder la línea del horizonte
a la entrada de este laberinto
hecho de sueños y retazos de flores
que ya se han marchitado.
Aún recuerdo su aroma,
amigos, aún se agitan anhelos
en la rosa apretada de este pecho.
Porque olvidé beber en las aguas del Leteo,
porque no percibí su aura moribunda
susurrar junto a mis pies
mientras miraba en busca
de estelas luminosas que llenaran
un cielo que apenas se abría
en incontables noches de primavera,
hoy las grietas del tiempo
se estiran sobre mi rostro,
inmisericordes,
mientras el olor de la primavera
y los sueños palpitan intactos
a pesar del frío implacable que los cerca,
a pesar de tanta espera vacía de lo mismo.
Olvidé beber en las aguas del Leteo,
amigos, y la alevosa esperanza
que nunca muere venció al olvido
de lo que ya jamás será.

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