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El niño que hay en mí quiere hacer
una declaración de último minuto:
no estaba del todo bajo mi control
el arma que disparé de repente a quemarropa,
esparciendo los sesos de los que más amaba;
ni el cuchillo que agujereó un par
de corazones de forma descuidada;
ni la espada con que cercené los brazos
de los amigos que me quisieron bien.
No era yo, no era.
Fue este niño que aún habita en algún
rincón perdido de esta miseria
humana de cuatro décadas
que apenas se sustentaría por sí mismo
si no fuera por sus certeras estocadas,
por sus correrías de loco dentro
de mi cerebro hecho a la medida
de la razón universal y ecuménica
de un estoicismo pregonado
a diestra y siniestra,
pero plagado de retórica ignorante
de sí misma.
Fue este niño que nunca murió
a pesar de las sentencias leídas,
aprendidas a la lumbre
casi mística que apenas cubría
las sombras más allá de la artería
central que irrigaba las venas del alma:
triste fantasma de una pretendida
sabiduría, madurez y calma perfectas.
Este niño que sobrevivió a la debacle
de toda una vida buscando el recto sendero,
con la fe puesta en antiguas voces
que hablaban de lo que es y lo que no es.
Este niño fue, no yo.
Yo sólo fui el pobre paria de las letras,
de los pensamientos bien hilados
cuando la ocasión lo ameritaba y hacía falta.
De los textos rezumando una
apariencia de belleza y lozanía,
de terrores literarios puestos a la orden
de la metáfora que calzara mejor.
Perdonen al ignorante de sí mismo
si aún es el tiempo del perdón;
ignorante de su propia naturaleza,
asumió más de lo que en realidad podía;
perdónenlo aunque no sea más
que por consideración a ese niño
que nunca lo abandonó del todo,
a pesar de sí mismo,
que nadie vio por temor a que su propia
expectativa de un ser casi perfecto
fuera defraudada en su centro más íntimo.
Perdónenlo aunque no sea más
que por compasión de verlo padecer
como un niño.

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