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En recuerdo de Oscar Castro.

No hablaré de las penas hoy.
Diré que el tiempo amanece
y el junco de la ribera vuelve a ondear
sobre la superficie temblorosa del agua.

De un lado a otro zumban breves
insectos en mensajes alados
sin destino preciso y sin horarios.
Es la hora de la delicia espumosa
que bordea los labios en dulces sabores.

Y el tiempo se alarga, y el sol se estira,
dice mi nombre como una letanía
que dormita en la calidez de la tarde.
Y sopla su gozo sobre la tierra una vez más.

¿Dónde están las penas que sólo ayer
me abrían hondos senderos de desesperanza?
¿Dónde los dolores que día a día
me deparaba la rutina de los meses
que nunca acaban?

Se marchitan sus rescoldos, tenaces,
moribundos, allí donde quemaron
mi alma, ignorantes de su zarpa
feroz y extenuante, pavorosa.

Lo sé. Bastaría un leve soplo
para levantar las cenizas y agitar
sus candentes brasas: tan frágil
es el corazón del que aún convalece.

Pero miro desde mi ventana, en la distancia,
y la dulce agonía retrocede ante el paisaje
de mis ojos abiertos al mundo, devueltos
a las cosas que crecen, poderosas
y crepitantes de cantos y esperanzas.

¿Qué importa si no brotó el amor
donde puse la caricia plena de afectos?
¿Qué si el vendaval de la pasión
fue más fuerte que la fe de mi alma?

Me abrazo de nuevo al amor, implacable,
más allá del gesto o la palabra
que jamás llega.
Y acaricio, furtivo, la espalda del amigo
que se va y me deja, porque es tiempo
de volver al agua mansa, luminosa,
al junco que se mece, jubiloso, solitario,
en la ribera temblorosa del agua.

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