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Para JC, con toda la amistad de la que soy capaz.

Su boca era carnosa, y cuando reía el aire se cargaba de cristales temblando, jubilosos, detrás de una puerta. Así era entonces, como su mirada, una honda negrura sedosa que se posaba sobre cada cosa, sobre cada gesto, igual que sus tenues y blancas manos, generosas a la hora de sostener otra distinta de la suya, de dibujar señales que se desplegaban en la distancia para llamar a la cálida reunión alrededor del fuego, en los albores del tiempo y la vida.

¿Quién hubiera sospechado que la flor que se le abría en el pecho, reconcentrada en su diminuta forma escarlata, imperceptible, tenue, sería esa yaga abierta sobre el corazón? “No sé –dijo de pronto–. Otro día tal vez.” Y el tiempo se eternizó sobre sus palabras, sobre sus manos que se volvieron aves escurridizas en medio del espanto, sobre sus ojos abiertos hacia pozos de tristezas y temores indecibles. Entonces su risa fue una campana sonora, anunciando la nostalgia de alegrías que ya no eran o que nunca habían sido.

“Estoy bien. –repetía, con una voz solitaria, más allá de sí mismo–. Todavía soy yo.” Pero no era. La primera mancha roja e informe sobre su camisa amarilla fue la señal, indeleble, quedó allí para siempre, lo mismo sobre los caprichosos rombos de su chaleco, o la fibra negra y gris de su bestón. Se esparcía sobre ese espacio día con día, hora tras hora, incontenible, poderosa e implacable. “No –decía, sin dejar de sonreír–. No duele.” Pero dolía. Con un dolor silencioso, amordazado por cadenas que jamás supo describir ni quiso pronunciar con su propia voz.

“Déjenlo –dijeron un día, casi en el paroxismo de su agonía–. Ya no hay nada que hacer.” Pero no murió, o si lo hizo nadie supo, ni él mismo. O algo de vida subsistió en él bajo la yaga abierta que es, caminando, sonriendo, hablando, como hablan los muertos en la fría fosa de sus días.

Porque su boca era carnosa, y cuando reía el aire se cargaba de cristales sonoros y dulces, sólo por eso, esperaré justo aquí, en la entrada y salida de su diario ir y venir, con una flor roja en la mano, para mostrarle que su pecho florece, que es una flor lista para ser entregada y, sólo entonces, volver a reír.

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