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muerte

La Muerte es una vieja raquítica
negra y afanosa que va por la tierra
y los campos blandiendo su guadaña
a diestra y siniestra, cortando y segando.
Siega ciega los tiempos de los mortales,
los días, las horas, los meses, los años,
uno por uno van cayendo bajo su ala
trágica los minutos como gavillas
que se pegan al melodrama de la vida,
sacudidas por el viento en vana
esperanza de inmortales sueños.

Pero la antigua voz del poeta
resuena sobre la rosa lozana
que se ufana en sus espinas:
Inmortalia ne speres, sentencia,
y la guadaña de la Muerte inicia
su siega ciega de cuanto florece,
sorda de cuanto tintinea y canta,
muda deja oír el susurro del filoso
metal rebanando certero, justo
y conciliador de todos los seres.
Un guadañazo murmura: Por ser hombre.
Otro jadea: Por ser mujer.
El tercero vibra rumoroso: Por ser niño.
Uno más sopla inmisericorde: Por ser.

¿Cómo huir de su arrebatado vuelo?
Inclinarse no basta, ni morder el polvo
para evitar el roce de su media luna afilada.
Ni el más rastrero de los mortales
alcanzaría a plegarse sobre la tierra
para no ser barrido de ella para siempre.
O para nunca.
Porque la Segadora viene y pasa, silbando
una canción de cuna para recordarnos
que nacemos carne de su guadaña.
¿Quién recoge los miembros repartidos sobre el campo?
¿Quién los guarda del penoso invierno de la Muerte?
Porque los vemos caer unos sobre otros y sabemos,
más allá de toda intuición, que quizás eso es todo,
lloramos la partida del que jamás parte,
del que se queda segado al comienzo,
en mitad o al final de la vida
o al principio de la Muerte.

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