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No maldeciré tu nombre en vano
aunque me arrojes en la fosa
de los días y las horas que pasan
con la indeferencia castradora
de toda sonrisa y trato.

No maldeciré tu nombre en vano
aunque el exilio de tu cuerpo
sea devastador como un fuego
que no cesa de consumir el amor
de los que más me amaron.

No maldeciré tu nombre en vano
en este exilio moribundo del despreciado
por tu boca y por tus manos,
sumisas aves que se posaron
en un ayer no muy lejano.

Maldeciré mi tiempo.
Maldeciré mi cuerpo.
Mi desamor, mis manos.
Maldeciré mi boca.
No tu nombre. Nunca en vano.

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