Sé que van de la mano por alguna
arteria de esta ciudad que amo.
Lo sé porque las mías palidecen
desde hace siglos por el frío
de la pena, la soledad, el olvido
y la huella del vacío que dejaron.
Lo sé porque escribo versos cursis
como este, cuando debería estar
haciendo el trabajo que nunca hago.
Que postergo en el dolor diminuto,
incrustado en la vena más recóndita,
imposible de alcanzar por más
que pasen los días o los años.

¿Qué harán mientras escribo estas palabras?
¿Adónde irán sus pensamientos
más felices, más llenos de recados?
Irán del uno al otro en la distancia,
a pesar del cielo o del infierno
que fueron dejando a su paso.
¿Qué les importará haber pisado
las flores, la hierba fresca,
el perdón una y otra vez otorgado,
cuando ahora sus dedos se enlazan
en un cielo que sólo en ellos
es un hermoso cielo estrellado?

¿Dirán el nombre de los muertos,
de los que languidecen, aún gimientes,
al exilio de sus manos?
¿Sabrán reconocer la huella,
la sangre con que al unirse
hicieron brotar y se salpicaron?
No ve la marca escarlata de la vergüenza
quien vive prendido de unos ojos,
de una pasión y de unas manos.
Por eso este dolor no quiere pasar
sin ser visto cuando una voz susurra:
“Iban uno al lado del otro por la Plaza,
en la noche, unidos, como quien
ignora a los que ha ignorado.”

No les importa quien los mire,
ni los cadáveres de aquellos
que más los quisieron y que ahora
pasan por su lado.
¿No temen a sus propias sombras?
¿No temen la sentencia que da la vida,
tarde o temprano?
En su paso, lento, seguro, unido,
se escucha el regio compás
del que nada teme, nada espera,
la confianza del tirano.

¡Ah, si la vida fuera, por lo menos,
una rosa, una piedra, una nube,
cualquier cosa, algo!
Y no esta letanía del cobarde
que la nombra para disculpar
los horrores que lo cercan,
los errores con que teje su disfraz
de bufón semihumano.
Entonces pediría retribución
para los que quedan, en la orilla, abandonados.
Estatuas de sal que no alcanzaron
a escapar del castigo infame
a la hora de la pregunta, de la duda,
del atónito volver sobre los pasos
cuando no se comprende porqué
el fuego arrasa a pesar
de la pasión de lo entregado.

Por alguna arteria de la vida,
unidos en la complicidad
de lo negado,
sé que van, cantando o riendo,
tomados de la mano.

Anuncios