Amigos, sé que es tiempo de volver
de los campos donde languidecen
los parias de sí mismos, idiotas convencidos
de un amor irrisorio y de la lanza
que atraviesa el costado de su pulmón
sin misericordia, ni esperanza alguna.
Dejar de revolver la llaga y jugar
a la víctima que se golpea contra el cristal
de sus lamentos como un pájaro obcecado
de tanta injuria bien hilada y mal tejida.
Lo sé, amigos.
Es hora del regreso victorioso de aquel
que se vence a sí mismo en el sangriento
instante del horror de su propia herida.
¿A quién engañamos si la vida era esto?
Un puñado de placeres que se trenzan
con esperanzas en la cadena del esclavo
de sus propias miserias, payaso infame
que cimbrea su propia pena como un fantasma
al que rendirle pleitesía.
No diré más mentiras, amigos, no diré
más mentiras. Diré mentiras nuevas,
sí, de esas que hacen continuar con la vida.
De esas que colgamos al sol, deshuesadas,
cuando sólo queda el retorno del foso
que devuelve su reflejo moribundo
de unas pobres penas que no son nada.
¿Qué alguien me escupió el rostro?
Mentira.
¿Qué fui olvidado en la charca del desperdicio?
Mentira.
¿Qué me vistieron con las orlas del no amado?
Mentira.
¿Qué fui el títere de dos que sin piedad se buscaron?
Mentira.
Fui el que quiso olvidarse de sí mismo,
el que se vistió con las orlas que mejor le sentaron.
El que entregó los hilos de su mortaja
a los infames verdugos que bien lo amaron.
Todo fue mentira, amigos, todo fue mentira.
Porque era este corazón que deseó
y que en su carrera violenta violentó
su propio afán, que se estrelló contra
el muro de los lamentos sabiendo
que el tiempo de llorar llegaría tarde o temprano.
¿A qué decir entonces que no vi venir la ola
sobre el horizonte en el instante del temblor
más amargo?
¿A qué tanto lamento, tanto lamerse
las heridas expuestas para que todos se apiaden
en romería del mártir sacrificado?
No, amigos, el amor me desborda, me cubre
desde todos los flancos.
Era esta pena, esta reconcentrada esperanza
que no soltaba ni a sol ni a sombra
la que doblegó mis frutos más altos.
Vuelvan, amigos, vuelvan sus lanzas
contra este que desprecia el amor
que día a día le han otorgado
con sus miradas y sus oídos, con su boca,
con su sonrisa y sus felices abrazos.
Aquí estoy, triunfante regresaré
donde claman por mi nombre, al punto
en que el festín del idiota se vuelve
la fiesta en retorno del amigo pródigo
que nunca, nunca, nunca fue olvidado.
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