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Me dio por la poesía como a quien
le da por reventar bolsitas de aire
en los consultorios del aburrimiento,
esperando que llegue su turno
para la lobotomía inspiradora.

Pero aquí estoy girando en la misma
rueda, al mismo ritmo o peor,
casi en desbandada, sin poder detenerme
cuando llegan las palabras y empujan
a decir cosas en tono de intelectualoide
que desprecia lo que hace y siente.

Entonces hay que ponerlas en fila india
primero, luego en pilas de supermercado,
mover la ironía sobre ellas parafraseando
al ingenio y la ocurrencia o vomitando
las vísceras, aunque luego dé asco
de tanta sensibilería mal expresada
o apuntalada con metáforas y absurdas
regresiones a la adolescencia original.

Todo porque el corazón late a mil
cuando uno menos se lo espera
y descubre que los piojos existen
a pesar del shampoo y la costumbre
por la higiene y la asepsia de los días
y el asfalto, y los hospitales y los baños.

Luego, un día, te tambaleas herido
de una flecha infame que se hace carne
en unos ojos y una boca.
Buscas apoyo en algún lugar y la ves
ahí, tirada en medio de la calle,
como una mendiga que te ofrece
su bastón, o una puta
que se abre y te dice: “Entra y desahógate”.

La miras de reojo y te quedas sentado
en la orilla de la vereda pensando
en unicornios y olores de nostalgia
y delfines que surcan campos de flores
en el solsticio de una maldita primavera
con su alergia de colores malsanos.

Y al cuerno con la prosa.

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