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¿Les hablé de los inviernos de Vallenar? Son fríos y de una sequedad que atraviesa la piel, y a veces también un poco el alma. Pero llega la camanchaca entumeciendo la vista por las mañanas o las noches y el mundo se transforma en una vaporosa humedad, transgresora de todas las reglas geográficas. Sigilosa, se arrastra como un dragón blanco por la grieta del valle, desde la costa hasta el interior. Mírenla. Tan blanca como esta página.

En esas noches dostoievskianas miro por la ventana las luces de las calles hacia abajo: esponjosos globos amarillos amenazados por la extinción definitiva de su luz. Y siento. Una deliciosa nostalgia que huele a agua y tierra mojada, a infancia y canales, a ríos y puentes. A eucaliptos y álamos alargándose hacia el cielo, a pimientos y sauces inclinados sobre la corriente luminosa de una tarde. Y pienso en lo que nunca ha sido justo allí, en el último minuto antes del resto de la vida que habrá de llegar. Sin preguntas. Sin respuestas.

He olvidado cómo cuestionar a la vida. La vida. Ese ridículo abstracto construido para salvaguardar la propia de la desidia y el error. Lo único que queda entonces es ocuparse de la rutina nocturna y luego arroparse lo mejor posible, intentando un sueño tranquilo y sin interrupciones, para salir por la mañana y adentrarse en el mismo manto blanco insistente e inamovible, como condensado por la vigilia de toda una noche. Igual que el frío.

Nada disminuye esa incisiva sensación térmica que atraviesa la ropa y llega hasta la piel, casi dolorosa, al cerrar la puerta para volver al trabajo, o al colegio. Ni siquiera aquella blanca humedad. Pasamos unos junto a otros como vaporosos barcos humanos que se saludan con su aliento, en arterias náuticas que nos llevan y nos traen de ida y de vuelta por la ruta del día. Tomar un colectivo, marcar la tarjeta y saludar. Improvisar una clase por amor a la rutina y al trabajo. Olvidarse uno mismo, allá, al final de la humanidad que se desgarró en algún lugar del tiempo, en un punto que cuesta recordar porque se diluye en la distancia o porque no se deja fijar por la razón. Y mentir un poco, todos los días. Sobre todo en los inviernos de Vallenar, donde el corazón se enfría un poco en la espera de lo que quizá nunca pueda ser.

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