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En la hora más oscura vuelvo la mirada
hacia los que me precedieron
y grito en la caverna de la vida:

“¿Dónde están compañeros?”

Nadie responde en este negro recodo
del camino en que me estremezco.
Había algo de luz entonces, aún lo recuerdo,
más atrás, cuando emprendía el ascenso.

Ahora sólo la oscuridad se abanica
sobre el abismo que me circunda
en este tiempo devastado por la desidia.

“¿Dónde están compañeros?”

Silencio. Es todo lo que tengo.
Silencio y ciertas verdades, ciertos jirones
que no se parecen ya a los jirones de mi cuerpo.

Vendí mi voluntad a los cuatro vientos,
corrí desbocado en busca de una luz
que no era, de un espejismo torcido
del que esperó ser amado.

¿Amado? ¿Para qué? ¿Con qué licencia?
Olvidé las lecciones más imperiosas
del amor que se desgarra a cada paso.

“No busques las rosas del amor, amigo,
busca las espinas y llévalas en tu mano.”

Aún oigo sus voces ululando en ecos
moribundos, lejanos, en algún lugar
de esta honda oscuridad en la que ando.

“¿Dónde están compañeros?”

¿Podré volver algún día al punto
donde dejé a los que me precedieron?
¿Podré beber de la justicia sangrante
que cada espina dejaba en su mano?

No. La vida aulla, se precipita.
Debo continuar, sin temor abrir mi canto.
Y seguir la senda oscura hasta las voces
que me buscan en lo humano.

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