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Lo bueno de levantarse temprano es que se trata de algo que él jamás podría hacer, por más que se esforzara. Y lo ha intentado. Miles de veces, a lo largo de toda su vida desde que la memoria ha puesto a su alcance su propia historia. Un esfuerzo tan inútil como tratar de llegar a tiempo, cumplir con los horarios o con el trabajo.

Si alguna vez sucedió algo así, no pasó de ser sólo eso: un suceso. Algo que le ocurre a uno a pesar de uno mismo, acorralado por las circunstancias. Sería falto de toda honestidad decir que “lo hizo”, porque le faltaría esa parte de voluntad que convierte a todo hacer, a todo acto, en un hacer verdadero, realizado en su totalidad. Como la diferencia que marca el actuar de una simple actuación: el primero requiere una voluntad de realización, la segunda una de imitación, de remedo, una seudovoluntad, válida solamente en la transparencia del engaño que, entonces, en su pura transparencia y aceptación de mutuo propio, se convierte en juego y diversión, haciéndose sentir, sólo así, como verdadera voluntad de imitar.

En cambio él, si logró levantarse temprano alguna vez y llenar las exigencias sociales, fue porque le faltó voluntad, precisamente, para negarse a ello. Ni siquiera la imitación, que exige un querer firme de representar un papel o figura, podría definir esa forma coercitiva de actuación seudovoluntaria que lo hizo, en algunos momentos, cumplir con los tiempos y el trabajo.

Tampoco se esforzó demasiado, en realidad. Se trató siempre más bien de un seudoesfuerzo, una mala imitación, una representación de esfuerzo impuesta por la norma, que lo empujaba a creer en la realidad del esfuerzo mismo, de la voluntad puesta a prueba para superar los obstáculos de la dejación. Pero su realidad siempre fue la dejación. Su voluntad siempre fue, si pudiera decirse, una completa falta de ella, un dejar de esforzarse y ganarle a las ganas de cumplir.

Lo bueno de levantarse temprano, en su caso, lo da precisamente la imposibilidad de su cumplimiento y ser “como un dios que alargara la siesta”, como dice la canción. Esa falta de capacidad permanente, sólo cuarteada por unas pocas excepciones en el fluir de los compromisos cotidianos, donde la mentira de la seudovoluntad se cuela, es lo que mantiene a salvo su realidad radical, que siempre triunfa y ante la que claudica finalmente a pesar de todo: nunca levantarse temprano, jamás llegar a la hora, cumplir siempre a medias o no cumplir.

Sin saberlo, reivindicándose a cada instante de la mentira del seudodesdoblamiento en su apuro y el ultraje social al que lo expone su constante irresponsabilidad, camina por la calle mirando el reloj, acelerando el paso, pensando en lo que no ha hecho, lo que le queda por hacer, lo que ya no terminó, y apenas percibe pasar a esos otros que, como él, van tarde a algún lugar, dejando para mañana algo más, enteros en su decisión de no derrumbarse ante la tiranía del tiempo y los plazos.

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