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He olvidado dar las gracias
en el torrente de los días
que pasan sin mi permiso,
cuando una voz responde
a mis preguntas hechas de jirones de rutina:
¿dónde está esta calle?, ¿conoce a esta persona?,
¿podría darme un jugo?
¿qué hora es?, ¿me da un lado?
He olvidado dar las gracias
cuando de mi boca salían todas ellas,
bellas, tersas, hermanas amantes
de sí mismas, pudorosas
y ardientes en su entrega
expectante de vidas y donación voluptuosas,
de amor, de sonrisas,
de intensos placeres de otros,
entonces,
cuando el tiempo y las lecciones
dictadas día a día, año a año,
generación tras generación,
no habían embotado la miel
que escurrían mis labios
al primer requerimiento:
una mano, unos ojos, un dolor
alojado en el centro de una vida
ajena a la mía.
He olvidado dar las gracias
en la solitaria tarea de cuidar
este faro en vigilia
de las señales que nadie ve,
que todos ignoran, que urden
la trama elemental del universo
diario, insignificante
de tantas gracias
que se pierden
en la niebla de la vida.

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