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Te condeno a ser madre
todos los días de tu vida,
desde el nacimiento hasta el fin,
en la dulce inocencia de la niñez
y en el escandaloso despertar
de la mujer.

Te condeno a ser madre
en la perversión de tu cuerpo,
de tu alma y de tu mente,
en los pechos y los brazos,
en el vacío de las horas
y en el bullicio de los días.
En las horas del trabajo
que nunca acaba, madre,
a las 7:00, madre,
a las 10:00, madre,
a las 15:00, madre,
a las 19:00, madre,
madre a medianoche,
madre mientras duermes,
madre, madre, madre.

Dulce condena aciaga
desde el inicio de los tiempos,
en el albor de tu vientre,
de tu salvaje libertad mutilada.
Te condeno a ser madre
a pesar de ti misma,
en este mismo instante,
en la misma negación
de estas palabras
que te ahogan o te elevan,
que te provocan o te ignoran.

Te condeno a ser madre
por la eternidad de eternidades,
porque madre eres,
y madre serás
(incluso en el desdén absoluto)
por los siglos de los siglos.
Amén.

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