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Nadie me dijo que no viniera,
llegué porque así estaba escrito,
o porque alguien dejó un borrón
de tinta en el gran libro de la vida.
Me descolgaron de las cimas del cielo
como un pájaro herido,
como un alma que se va a pique
sin motivo aparente, sin aviso.
Luego me nombraron, fueron
abriendo mi carne y rotularon
mi sexo, mis ojos y mi boca,
mi pelo,
y tuve una fiesta que no recuerdo,
una bendición que salpicó
mi frente llena de llantos
nuevos y viejos,
de esos que aún me florecen
en los labios donde la risa
se posa cuando le dejan
espacio y se acomoda
casi a duras penas en la frágil
memoria del frío
y los inviernos.
Alguien me abrigó algún día,
me arrulló cual tórtolo
tibio que no sabe de qué va
la vida, de quién es figura,
ni cuál es su precio.
Ahora vengo y pregunto:
¿por qué
fui una brizna de polvo cósmico,
allá, en los albores del universo?,
¿de qué materia estoy hecho?
El nombre que me dieron, las risas,
los llantos, el cuerpo, las ganas
siderales de tu cuerpo,
¿por qué todo lo repudio a veces,
cuando nada me queda
más que este silencio?

Nadie me dijo que no viniera,
yo no tengo la culpa de este juego.
Nadie me dijo que ser hombre
era una nada que se va haciendo.

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