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¡Zuuummmm!, la gran cadena de titanio cuarteó el espacio a una velocidad sónica y, antes de que se pudiera dar cuenta ya estaba sobre él. Su agilidad felina le permitió esquivar el golpe justo en el último nanosegundo y ¡sssslammmm!, tronó el azote sobre la pared del rascacielo, desastillándolo estruendosamente. Los trozos reventaron, disparándose a cientos de metros a la redonda en una gigantesca explosión de polvo. El engendro rugió, lleno de furiosa frustración. Entonces tuvo el tiempo suficiente para girar sobre sí e impulsarse a través del aire: si retrocedía bastante podría catapultarse y girar alrededor vertiginosamente, generando un campo gravitacional que lo paralizaría para que los cazas actuaran. Sólo necesitaba… Pero la monstruosa máquina fue más rápida. El golpe vino de abajo, desde otro de sus tentáculos de titanio, y ¡pow!, le abrió la sien, arrojándolo en picada hacia la tierra a través de ciento cincuenta pisos en sólo tres segundos. Su cuerpo se incrustó contra el asfalto de la avenida ya desierta, rajándola de orilla a orilla y haciendo saltar los automóviles y los postes de luz que se sacudieron, chisporroteantes, antes de derrumbarse para siempre.
El dolor era insoportable. Podía sentir su rostro ensangrentado pegado contra la tierra y sus articulaciones negándose a responder, mientras oía el ensordecedor temblor subterráneo de los descomunales pasos metálicos acercándose. ¿Sería el fin? En un desesperado esfuerzo se puso de pie, tambaleante, listo para enfrentar por última vez a su enemigo más terrible. Se irguió, aún poderoso, dispuesto para el combate, la mirada puesta sobre la mole de hierro que se detuvo frente a él. ¿Tendría suficiente energía para un recurso final? Concentró todo su poder en las manos, a medida que las extendía, como queriendo detener la avalancha salvaje que empezaba a caer sobre él justo ahora. Miles de zarpas metálicas girando a revoluciones luz, separando tierra, hierro y vidrio para llegar hasta él, que se mantuvo perfecto, digno, mientras el voraz viento abrazador de las aspas se recrudecía, haciendo flamear su capa contra la luz del atardecer al final de la avenida, más allá de su figura. La bola de energía crecía, desmesurada, sobre sus palmas, repeliendo la aterradora energía destructiva del despiadado guerrero de metal. Sólo un poco más. Acércate un poco más, maldito. A medida que la bola de luz se abría, cegadora, iluminando, desde la lejanía, toda la ciudad, su cuerpo se iba derrumbando. Primero una rodilla, luego la otra. Y sobre él, la endemoniada máquina sin corazón, inclinándose, intentando atravesar el campo de luz. Ese sería su legado. Su último legado a la humanidad. Para eso había nacido, para dar la vida por otros.
En la agonía más profunda, tuvo la suficiente fuerza para abrir una brecha por la que pasó un aspa de metal giratoria y ¡rrrriiiiippp!, su cráneo se abrió en dos, devastado por el golpe mortal. Entonces tuvo su oportunidad: abrió la boca y gritó, haciendo salir toda la energía acumulada en su poderoso cuerpo. Sonrió, feliz, antes de que la explosión lo desintegrara por completo, junto a su despiadado verdugo.
Lo encontraron unas horas después. Un pequeño bulto roto bajo la sombra de la mole que era su padre, inclinado sobre él, observándolo con una mirada aturdida, con el cuchillo ensangrentado aún caliente en una de sus manos. Lo movieron despacio, le limpiaron la sangre del rostro y le acomodaron la capa roja que caía a sus espaldas, demasiado grande para sus nueve años. En el centro del pecho llevaba dibujado un símbolo de superhéroe, y en las manos aferraba un cuaderno titulado: “Las aventuras de Alman”, y en su rostro una misteriosa sonrisa.

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