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He perdido la capacidad de escribir. Esto que hago es un ejercicio mecánico, un traspasar ideas de mi mente hacia mis dedos, que se mueven componiendo figuras tipográficas, con la esperanza de abrir la bruma de la realidad y sus profundos vericuetos sobre una hoja de papel. Lo que realmente hago, en cambio, es repetir clichés sin remedio, como “la bruma de la realidad”, “profundos vericuetos”, y hablar de hojas de papel cuando en realidad ya ni siquiera las uso para escribir. Más bien para imprimir, y eso. Luego viene toda esta intemperie a la que expone el repetirse sin remedio hasta la nausea. “Hasta la nausea”, otro cliché literario. Y el cliché del cliché, claro está. Entonces lo único que queda es hablar de uno mismo, y de eso mismo que es uno queriendo ser lo que no es. No. No era así. Pero la idea es esa, como decía El Chapulín. La repetición. El repertorio deteriorado de la lengua, de sus insoportables lugares comunes.
Pero eso es una excusa, en realidad. Es la excusa del que ha perdido la capacidad de escribir. Y hay que ser categórico y honesto, puestos a ello. “Puestos a ello”, muy castizo y lingüísticamente correcto, volúmenes enteros de puestos a ello. Ahora los uso más, los casticismos (aunque no estoy ni siquiera seguro de si ese es el término en este caso), y redacto mejor que años atrás, aunque antes escribía mejor que ahora. Antes “la bruma de la realidad” se abría, a pesar de la gramática imperfecta. Quizás, incluso, gracias a ella, precisamente. No ponía tantas comas, por ejemplo. En cambio, ahora, coma esto, coma lo otro. Un relojito de corrección. Y sin embargo, de escribir, así como quién dice escribir, nada.
Ni siquiera son los lugares comunes, la verdad sea dicha (“sea dicha la verdad”, otra opción, o “en verdad, en verdad os digo”, si no sonara tan fósil), sino la incapacidad de rescribirlos. Toda lengua no tiene más que un número limitado de vocablos y posibilidades de combinación, y si a eso sumamos el estrecho horizonte cultural que nos toca a cada cual, habría que ser más que un Mandrake el Mago para sacar del sombrero otra criatura que no fuera un conejo, o algo que, al menos, se le pareciera. Sacar otra cosa, un pene, por ejemplo, sería extraño, aunque causaría el efecto deseado, un impactante sentimiento de “novedad”, que finalmente vendría a ser el pariente pobre, pobrísimo, por prostituido, de la creatividad, que es donde radica toda creación, y también el escribir. Y, (coma) por supuesto (coma), el pene viene a ser la figura puesta a pedir de boca (olé), porque representaría el recurso desesperado (cambiar un conejo, lugar común, por un pene, lugar supuestamente “novedoso”, en contexto) de quien ha reconocido su fracaso creativo. Luego vienen las vaginas, y ahí está “Monólogos de la vagina” para muestra. Mientras más vaginas y penes, mejor, y que siga la función. Hay que llenar el vacío. Por eso la pornografía ha florecido en circunstancias como esta en nuestra cultura. Ni siquiera la pornografía, lugar común precioso del arte, cuando el arte la rescribe, sino la pornografía de la pornografía misma.
Por eso, no les digo adiós, amigos. Les digo chuto. Y que la indecencia les valga.

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