Etiquetas

, , , , , ,

En homenaje a Ray Bradbury

El cielo de Marte resplandecía en una aurora boreal de colores rojizos y amarillos. Bajo su rutilante despliegue cromático una festiva melodía subía y bajaba por las lejanas colinas, haciendo eco en las grietas de antiguos y quietos mares fósiles, detenidos para siempre sobre la superficie marciana. En cada ciudad o poblado, pequeñas y largas figuras envueltas en reflectantes túnicas se iban congregando, impacientes y excitadas ante la inminencia del gran acontecimiento.
─ Ahora sí llega, apuesto que sí –dijo un marciano de rostro esperanzado.
─ Como no sea otra falsa alarma –dijo otro algo más escéptico.
─ El Consejo asegura que esta vez sí hubo deceso… -agregó un tercero.
─ ¿Qué es deceso? –preguntó uno más pequeño.
─ Que ya no necesitas la forma y te puedes mover con libertad –respondió otra voz.
Lentamente los murmullos fueron acallándose a través de todo el planeta, y la música inició un rápido descenso hasta convertirse en una profunda e imperceptible nota que permaneció vibrando en el aire enrarecido. El momento se acercaba… Ya estaba allí. La figura que generación tras generación les había hablado en sus sueños, desde un mundo azul y lejano, donde extrañas selvas verdes y monumentales ciudades de cristal crecían y caían, una a la par de otras, estaba por aparecer entre ellos de una vez y para siempre. El primer marciano. El primero de todos. Tan antiguo como el más antiguo océano de Marte. Tan esperado como el primero de los hijos del planeta y como su primer Hacedor. Desde sus sueños les había hablado cada noche, durante miles y miles de años (que podrían haber sido sólo un par de minutos u horas para él), de los paisajes y las ciudades que habían de venir, de los anhelos y deseos que habían de esperar. Los había llamado por su nombre y les había dado un nombre.
Ahora estaría allí. Lo verían descender en el éxtasis de la alegría más indescriptible, ajeno al llanto que su partida dejaba en aquel mundo azul que ya no le pertenecía. Aquí lo esperaban. Para reconocerlo como a un igual. Para oír sus palabras sobre los días que aún quedaban por venir. Para llamarlo por su nombre: Rey.

Anuncios