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Las lunas de Marte son azules en el solsticio de invierno, y a mí  me gusta mirarlas caer, lenta e imperceptiblemente, desde el ocaso hasta el amanecer, especialmente en los días del Memorata.  Es cuando el aire se llena de ese sentimiento de añoranza por la vida pasada, o la futura.  De lo que fue o pudo ser, o lo que podría llegar algún día si nos detuviéramos más seguido a pensar en ello.  En esos días me siento afuera del Habitat, con un trago en la mano y, mientras lo saboreo (casi con la misma pausada letanía con que caen las lunas en el horizonte), escucho las risas y el sonido del brindis adentro, y me dejo invadir por esa añoranza.  No sé qué añoro.  Algún sentimiento, alguna sensación, una imagen irreconocible, pero evocada por el agridulce ambiente festivo.   Los días de infancia.  O más allá.  La posibilidad de lo que un día existió en otro mundo y otro lugar del universo.  Rememoro la Tierra, aunque sólo la haya conocido por ilustraciones y antiguas lecciones de maestros tan viejos y tan ignorantes de ella como yo.  Recordamos, hacemos memorata, sentimos nostalgia de un invisible lazo del que ya no quedan sino los tenues vestigios de lo ignoto.  Escucho el bullicio y sé que es sólo un ritual más allá del olvido, nada más, al final de un tiempo que ya no es.  Que después de todo sólo soy yo.  Yo y mi añoranza tan extraña a sí misma, y a mi propio tiempo.  Antes de las lunas azules, antes del solsticio de invierno en Marte, antes del enfriamiento del famoso Planeta Rojo.
—¡Rodrigo!
Es Isabel.  Siempre me despierta de mis ensoñaciones más profundas con su típico gritito de urgencia desmedida.  Es tiempo de levantarse.  Alargo el brazo con el peso del sueño todavía sobre él e intento abrir los ojos.  Hace frío.  El invierno invade incluso los lugares más íntimos.   Prendo la lámpara y la luz fulmina mis ojos adoloridos.  ¿Qué hora es?  Siete veinte.  Vuelvo al refugio de las sábanas y me ovillo para dormir unos minutos más.  Sólo unos minutos.  Golpecitos frenéticos en la puerta.
¡Rodrigo, levántate!
—¡Ya!
Es apenas una respuesta.  Más bien un gruñido salido de una boca pastosa casi imposible de poner en movimiento a esa hora de la mañana.  Requiere un esfuerzo descomunal articularla.  Muy bien.  Es ahora o nunca.  Me impulso hacia delante y me siento en la cama.  La modorra se va despejando y empiezo a reconocer la habitación.  Mmm.  Claro.  Mi pieza.  Intacta.  Obviamente.  ¿Y por qué no iba a ser obvio?  Inclino levemente la cabeza hacia atrás y miro el cielo de la habitación.  Los retazos de un sueño, más bien la sensación de un sueño, se alojan aún en un oscuro rincón de mi mente, o de mi alma.  ¿Qué era?   No sé.  Pero era lejano.  E ignoto.
Sería tiempo de levantarse ya, antes de que el frío termine por inmovilizar mis articulaciones.  Sin embargo, espero.  Las lunas parecen quietas contra un telón azul tan oscuro como intenso.  Millares de diminutas bujías plateadas titilan en grandes y desiguales estelas, rociadas sobre el lienzo nocturno.  Se inclina sobre mí el manto del cielo, dice el poeta, y en noches como esta se comprende la terrible metáfora.  Porque con él se inclinan los espacios siderales, el tiempo, los siglos y las edades, el breve afán  de nuestra existencia.  Debería escribirlo.  Retratarlo, inmovilizarlo todo: el ruido de la fiesta, los petardos en la lejanía, el cielo esplendoroso, las lunas y el frío invernal.  Disecarlo para la eternidad.  Si llega algún día.  Entonces otros nos recordarían como hoy los recordamos a ellos.  Nos convertiríamos en un punto de inflexión en el tiempo.  Justo ahora.  Como lo fue la Tierra, con sus siglos idos, puestos sobre la memoria en huellas y rastros distantes, pero necesarios.  Canciones, imágenes, libros, viejas piezas de museo y recreaciones exóticas a gusto del consumidor para los días del Memorata, o cualquier otro en que aguijonee la nostalgia de lo perdido.  Sí.  Y un Marte tan distante, y tan rojo para la imaginación, entonces.
— ¿Supiste?
— ¿Qué?
— Encontraron vida en Marte.
— No.
— Sí.  Mira.
La foto dice poco en realidad.  Una imagen llenando la pantalla del computador, una superficie sospechosamente lunar, pero rojiza, y una mancha con alguna forma indefinida, allá, al fondo.  Ricardo me mira, sonriendo.  Casi sorprendido.
— Es agua.
Sí.  Necesito agua.  La oficina está llena de gente y a alguien se le pasó la mano con la calefacción.  Le devuelvo la sonrisa y asiento antes de alejarme.   Lo dejo con sus ensoñaciones marcianas y voy por el agua.  Agua.  Al primer sorbo siento la frescura, pero también el amargor.  Hay que beberla rápido, antes de terminar vomitándola.  Un lujo que ya no podemos darnos a estas alturas del partido.  Si hay agua en Marte, ojalá que sea como la de mis recuerdos: dulce y suave al paladar.   Aún en mis difusos retazos de niñez quedan rastros de ese sabor.  Aunque puede que me lo haya inventado.  Como esta sensación de imágenes venidas de algún lugar, de un sueño del que no alcanzo a acordarme bien.  Cielo.  Estrellas.  Lunas sucumbiendo en la línea del horizonte.  Marte.
Suficiente.  Hay que volver al quehacer.  Un vaso basta y sobra.  El calor del licor se esparce por todo el cuerpo y siento el bochorno interior, aunque la leve brisa del solsticio queme la cara con sus frías cuchillas de viento.  Las lunas se sumergen, ahora sí, al final de su naufragio nocturno, en una lejanía tan inconmensurable que no hay posibilidad de rescate.  Me detengo en las llanuras siderales hinchadas de semillas de luz y en la superficie marciana devastada por un invierno tan asolador que no termina.  Y el silencio, que se yergue definitivamente eclipsando el jolgorio de la nostalgia, invade la noche.  Puedo oír mis propios pensamientos multiplicados por mil decibeles.  Cada una de sus preguntas: ¿ahora adónde?, ¿qué vendrá?, ¿vendrá algo?, ¿qué recordaremos?, ¿es el fin o el comienzo?  ¿Hay alguien?  Mis pensamientos.  Cayendo en la fosa del sueño.
— ¡Despierta!
¿Qué?  Doy un salto.  Ricardo me mira con cara graciosa desde el otro escritorio.  Se ríe.   Los ojos me pesan.  Y el calor.  Me enderezo en el asiento.
— ¿Me dormí?
— Te faltó puro roncar.
Pestañeo varias veces para despejar la vista.  Una mancha danza frente a mí y late rítmicamente.  Como en la foto de Marte.  La vida es una mancha.  Una mancha negra al fondo de un precipicio devastado por el calor, en extensas llanuras rojas más allá del tiempo y el espacio.  Más allá del aquí y ahora.  Me levanto y voy por otro vaso de agua.  La segunda ración del día.  El agua es vida: raciónala racionalmente.  Los letreros están por todos lados, en llamativas letras verdecológico, siempre con el mismo mensaje, o parecido.  Imposible evitarlos.  Ni olvidarlo.  Nos queda poca.  Nos queda poco.  Ese es otro, directo al terror para sacudir la conciencia.  En el trayecto de vuelta veo uno más y me detengo.  Las letras son rojas, no verdes, y sobre un fondo negro estrellado se recorta la órbita de un planeta cobrizo y hermoso: ¿Hay vida en Marte? La pregunta queda vibrando por ahí, no lejos de imágenes que quieren regresar a mi mente.  El agua es vida.  Si hay agua, hay vida.  Y la voz de Silvio, sonando en un viejo eco de  mis recuerdos de juventud se pone a cantar, de improviso: Fue de planeta en planeta, buscando agua potable…
…quizás buscando la vida o buscando la muerte, eso nunca se sabe. Abro los ojos.  Eso nunca se sabe.  La canción viene de adentro.  Amanece en Marte.  Alguien me puso una frazada encima.  El sabor del licor empasta la boca junto con la agria consistencia de la saliva matinal.  Ya es hora.  Siento la dolorosa rigidez de las articulaciones congeladas por la larga exposición nocturna.  Intento levantarme.  Arde insoportablemente.  Cuando al fin estoy de pie, envuelto en la frazada que me protege del crudo sereno, levanto el vaso del suelo e inicio el ingreso al Habitat.  Hay luz adentro.  Y pasos, cosas movidas de un lado a otro, y una dulce voz tarareando la antigua canción terrestre, efecto del espíritu festivo del Memorata ya pasado: la última vez lo vi irse contento y desnudo...  Hasta una próxima oportunidad.  Miro por última vez el cielo, iluminado maravillosamente por los primeros rayos del sol, eclipsando las últimas estrellas.  La voz de la radio adentro anuncia, sobre los vestigios finales de la canción: Un viejo recuerdo del antiguo planeta… Y en otro ámbito, el Gobierno de las Naciones ha implementado algunas medidas urgentes debido al definitivo ciclo de congelamiento global en que ha entrado Marte, las autoridades han dispuesto… Hace frío.  Y sed.
— ¿Se te acabó la ración?
— Sí.  Mucho calor y poca agua.
— Mmm.  No hay problema.  Espérate que lleguemos a Marte.
— Claro.

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