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No volví de mí.
Perdí para siempre el sendero
de salida cuando bajé a este laberinto.
Los infiernos personales son los cielos
más hermosos y abiertos
si entramos con la maravilla
pintada en los ojos
y festejamos los recodos más oscuros
de nuestra alma como la última
tabla de salvación para esta ciega lucidez
que se hunde hasta las raíces
de los terrores ancestrales.
No volví de mí
y familia y amigos esperan
a la puerta de esta piel
a que regrese un día del lugar
al que me he raptado
en un arrebato de delirio omnisciente
por querer saberlo todo,
por descifrar hasta la minúscula
mancha en el concho de este abismo
que me habita desde que
quise conjurar a cuanto demonio
me persiguió en pesadillas de infancia.
Hijo de la Madre Primordial,
sangre de su sangre,
cuerpo de su cuerpo,
elegí yacer con los engendros
que se arrastran por los bordes
de los precipicios,
los exiliados del Paraíso,
los hijos del primer amor
fallido de un dios
cuyo rostro ya nadie recuerda.
No volví de mí
y el espanto del mundo
ya cierra su mordaza y cuenta las horas.

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