Etiquetas

, , , , , ,

8eac2-emil-nolde-der-prophet-woodcut-1912

Emil Nolde. “El profeta”

En una sala de hospital, más allá de los pasillos silenciosos que resguardan los dolores y la fragilidad humana, aguardaba el hombre. La oscuridad ya se cernía sobre él, y desde la negrura que casi cegaba sus ojos seguía hablando, como durante tantos años de su vida lo había hecho. Firme, vibrante, cierta, su voz se elevaba con la convicción más completa, persistente en su pasión sin menguar un ápice. Cuando callaba o no había nadie para quien hablar, escribía. De su pluma salían frases rugientes, airadas y dolorosas, puestas una junto a la otra para decir lo justo en el momento en que era dado hacerlo. Aún en el declive de su vida.
Sus palabras estaban hechas de girones, desperdicios, miserias, soledades, desesperanza e injusticas. No sabía hablar ya de otra cosa, decían. Se había pasado la vida anunciando tempestades, como un siniestro cuervo en medio de una profunda noche invernal. Todo lo tocaba con su labia malsana, corroyendo la perfecta paz de los días, los meses y los años. ¿Quién podía estar a salvo de su insania mundana, habitada de los espectros del hambre y la destrucción? Había ido por la tierra incendiando los valles, las montañas y los mares con el fuego que salía de su boca. ¿Cuántos se inclinaron al verlo pasar, cuántos se cubrieron los oídos, cuántos huyeron ante el acto de su sola presencia?
Ahora moría, igual como había vivido, diciendo su palabra, desde la diminuta sala de hospital donde le tocaba partir. Por fin el mundo descansaría de su arrebatada lengua y sus monumentales acciones. ¿Quién podía vivir tranquilo mientras él estuviera allí, recordando el sufrimiento y la miseria del mundo a cada paso? ¿Quién podría siquiera conciliar el sueño o comer con perfecta tranquilidad en los días de sol y lluvia vistos desde los cristales de los grandes palacios y las hermosas casas? Insoportable como un alarido que se desgarra sin fin, hasta el último segundo de su dilatada existencia habló como supo, con la misma cadencia e impasibilidad.
Cuando su voz se apagara, se apagaría también el clamor de los horrores cotidianos. Callarían el dolor y las injusticias. Callaría el mundo.

Anuncios