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Fida Kahlo


No es poco morir.   Tenderse en un punto de la vida y quedar detenidos allí, para siempre, en un gesto definitivo.  Para llegar a ese punto hay que recorrer toda una vida; luego, un día, en una esquina solitaria, decidir cargar con sus fuegos y promesas, levantarla en vilo, y dejarla caer. Nada simple.  De sólo pensarlo el punzazo de la conciencia le aguijonea, atroz, cada vez que siente el mundo estrecharse en torno a él, con la momentánea urgencia de un presente disecado sobre sí mismo y un futuro agotado en la memoria de lo que va quedando: uno que otro amigo, algunos libros a los que echar mano, películas vistas hasta la náusea, pensamientos que ya no cuajan más que en un procesador o en redes sociales virtuales.
Es importante mentir, entonces.  Decir que todo va bien y que la vida es una elección propia.  O por lo menos creerlo.  Pero nunca es una elección propia.  Ni la de nacer, ni la de morir.   Ni los momentos que se estiran entre uno y otro.  Un día simplemente se había despertado y ahí estaba, con impulsos que lo hicieron desear cosas, preguntar por unas, negarse a reconocer otras, seleccionar esas a diferencia de aquellas, con una necesidad que nunca comprendió muy bien, pero que otros satisfacían de la mejor forma que podían, por costumbre, por capricho, porque así lo aprendieron, por lo que fuera, y así comenzó a ser él, significara lo que significara aquello.  Desde allí había construido una vida, inmersa y cohesionada a la vida de otros, modelándose entre ellos, gracias a ellos, esos otros que le suministraban el punto de referencia para reconocerse siendo lo que era, estando donde estaba, sintiendo lo que sentía, viviendo cómo vivía: estando en la vida.
En los momentos en que el vacío de esos otros (un gesto, una palabra, una falta de presencia) se enquistaba en cualquiera de aquellos instantes, entonces el morir se convertía en una posibilidad cierta, casi en un dulce anhelo, en un consuelo definitivo.  De hecho, era la muerte antes de la muerte.  Pero la decisión siempre dependió de otros.  Nunca de sí mismo.
Ahora esos otros estaban en una lejanía irremediable.  No porque lo hubieran elegido del todo.  Quienes pasaron por su vida habían doblado por un recodo y él por otro.  O lo que es lo mismo, habían sido impulsados por deseos y experiencias que nunca comprendieron completamente, cercados por las circunstancias y por las circunstancias venidas de otros, y habían elegido de acuerdo a lo que pudieron elegir.  No habían elegido ni más ni menos.  Lo mismo que él.  Y la vida era eso.  Morir era ahincarse en un momento de vacío definitivo, incontestable.  Elegir morir era, más que toda una vida, el reconocimiento absoluto de la voluntad de otros ad infinitum.

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