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Guayasamin

Yo sé lo que es la sangre, lo sé.
Una vez la vi manar de las rodillas de mi madre
en una calle solitaria donde pupulaba
tanta gente que no vio mis lágrimas de niño asustado.
Desde entonces me desvela y me cerca
como una marca indeleble sobre la frente del mundo,
sobre esta misma hora rota en la que estalla
entre ciudades en ruinas y ruidos lejanos
y terribles como la primera sangre.
Su rojez se mezcla con el hollín y el polvo de las rutas
y los días que nos conducen
a oscuros callejones de horrores cotidianos,
se mezcla con la saliva dolorosa, con la piel
que se desgaja a pedazos diminutos o abierta a destajo.
¿Quién levanta del suelo a mi madre
y le limpia las heridas de una vida que empuja
hasta caer de rodillas sin decir palabra?
¿Quién seca las lágrimas del niño
que llora en medio del tumulto mientras la sangre corre
sobre la piel que lo acurruca y mece?
La sangre de otros no es tu sangre, dicen,
el llanto y el lamento no restañan heridas, dicen.
Otros sangraron antes, otros lloraron sin consuelo, dicen.
Otros cayeron de rodillas en el fragor
de mil batallas, en una esquina solitaria,
atestada de voces y ruidos ininteligibles,
con un niño que lloraba aferrado a una mano que caía.
No sé. No sé.
Sólo sé que toda la sangre derramada
es el horror de la sangre en las rodillas de mi madre.

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