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Charles Sprague Pearce 1877 lamentacion x la muerte del primogenito
“Lamentacion por la muerte del primogenito”, Charles Sprague, 1877.

Lo de los primogénitos fue mi idea.  O eso creo.  Puede que haya sido de ambos, o simplemente una de esas ideas que surgen luego de noches y noches de desesperada confabulación y un sinnúmero de planes fallidos.  Además de toda la esclavitud y el terror, por supuesto.  Sólo un impulso tan primitivo como la sobrevivencia ante tal nivel de enajenación humana nos habría hecho concebir una ocurrencia así y llevarla a cabo sin siquiera pestañear.  Los hombres no se opusieron y las mujeres tampoco.  Era como si se les diera otra orden  antes de morir aniquilados: no había alternativa.
El resto de las calamidades, en cambio, fueron triviales desgracias naturales, acrecentadas por la superstición y el manejo correcto de la devoción divina.  Devoción que también poseo por herencia familiar, de ambos lados, pero templada por el conocimiento y la ciencia adquirida, contenidos en  grandiosas bóvedas y millones de rollos de papiros.  La herencia de ambos pueblos ha sido suficiente para librar la batalla aprovechando cada oportunidad puesta al paso, sin dejarse obnubilar por la desnuda ingenuidad de la pura creencia.  Cuando durante el último decenio los desastres se sucedieron uno tras otro, vimos la oportunidad de unir ciencia y fe: ciencia para entender la naturaleza de los acontecimientos y sus posibilidades prácticas, y fe para hacer la lectura correcta desde el lenguaje del pueblo e impulsar su devoción hacia el siguiente gran paso.
Quienes nos hemos paseado por los anales dejados para la posteridad en aquellos magníficos palacios, reconocimos en seguida las primeras señales.  Vimos el río teñirse de rojo y comprendimos que si las cosas seguían su curso como otros habían testimoniado ya mucho antes, lo próximo sería la contaminación y la muerte de algunas especies.  Las ranas sacadas a montones desde los bancos del gran río dador de vida fueron la segunda señal inequívoca.  En los años siguientes vendrían, por efectos que describían muy bien antiguos papiros, la invasión de insectos, la putrefacción, la pestilencia por la descomposición y, por supuesto, las úlceras y enfermedades debido a la ingesta de comida y fruta infectada.   También el gran eclipse había sido predicho siglos atrás.  Cuando los ánimos empezaron a barruntar la posibilidad de castigo divino, sólo bastó recordar las antiguas promesas sagradas y fomentar la voluntad de liberación a través de ellas por este lado, y profundizar la duda sobre las acciones humanas que desataban la furia de los dioses en esta fructífera tierra por el otro, a pesar de que el conocimiento y la habilidad de los sabios de los grandes palacios lucharon por contrarrestarla, haciendo hincapié en su origen natural y no divino.  Aún así el recuerdo del terror ancestral fue esparcido dentro de cada casa.  Después de todo, los desposeídos y despreciados tienen el poder de infectar con su presencia cada rincón del mundo, desde las aldeas más lejanas hasta los palacios más encumbrados.  Son mano de obra necesaria para cada etapa de aquellos que los tienen bajo su dominio.
Desde que comenzó a cundir el miedo en la población desde arriba, a la par con la falta de alimentos y las enfermedades, y empezamos a alimentar los anhelos de liberación desde abajo, vimos que todo era posible.  El terror, las necesidades de mantenimiento de una población de servidores cada vez más populosa, y las acertadas negociaciones con las más encumbradas autoridades, estuvieron a punto de rendir sus frutos más de una vez mucho antes de la liberación final.  Pero la necesidad de sostener un sistema se sobrepone muchas veces incluso a la necesidad de comer o de simplemente sobrevivir.  La idea de dejarnos ir era imperiosa por un lado, pero difícil de aceptar por otro.  Por lo tanto, era tiempo de un movimiento más radical para desatar el terror y la aceptación final de la liberación.
Planear lo de los primogénitos fue relativamente fácil.  La mayor parte de los nacimientos estaban en manos de las parteras, es decir, de la mano esclava.  Sólo fue necesaria una fina membrana de metal, encontrar el punto exacto en la corona del cráneo, y la habilidad de siglos y siglos en su manipulación.  El silencio de los primogénitos luego de las primeras horas de nacimiento fue abrumador.  Más abrumador que cualquier plaga supuestamente divina.  Muchas parteras fueron sacrificadas, por supuesto.  Pero la liberación llegó, y con ella la posibilidad de un reinado, un reinado que me fue arrebatado por razón de mi origen, expulsado de los grandes palacios sin derecho a la cuota de poder que pudo ser mía.  Vuelto hacia la  muchedumbre de este pueblo que descubrí a través de la lengua materna de una madre-nodriza esclava, y con el conocimiento adquirido a través de la lengua materna de una madre-reina hija del sol, volví la  mano de Dios hacia los que me despreciaron, y con su humilde cayado puesto a mi alcance, más allá de las dunas del tiempo,  tomaré posesión de una tierra y un reino que me estaban destinados desde mi nacimiento.

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