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1. Antes que todo, ubíquese geográficamente, especialmente si no es de la zona: carretera panamericana, cruzando el Valle del Huasco, a cierta distancia del centro de Vallenar, Región de Atacama, Chile. Si es de la zona, guíese por la estructura de forma romboidal (si viene del lado de Vallenar o el interior del Valle) o por la horrible estructura del puente construido para la doble vía (si viene del lado de Huasco Puerto).
2. Elija el puente original. No confundirse con la prepotente nueva estructura de la doble vía, paralela al viejo Puente Huasco, por muy estilizada y moderna que parezca (siempre colapsan con el primer terremoto o lluvia torrencial). El Puente Huasco es la construcción de tipo romboidal, antigua y legendaria por su mortal hechizo sobre desesperados suicidas; si tiene dudas, pregunte por el Puente de la Muerte y ya. Si va por la otra estructura, habrá perdido su precioso tiempo leyendo este manual: no le sirve.
3. Decida el lado por el que prefiere caer. Tiene dos únicas opciones (una absolutamente recomendada y la otra para agorafóbicos perdidos): el lado este, con una hermosa panorámica hacia Vallenar y el interior del Valle, y el lado oeste: una horrenda y estrecha abertura que mira hacia la estructura no menos horrenda del otro puente, obstructor del bello espectáculo del valle perdiéndose con dirección a Huasco Puerto, cuando el Puente Huasco era amo y señor de aquella brecha.
4. Llegue temprano. Recomendable antes de las ocho de la mañana para evitar encuentros indeseados y explicaciones espúreas: los últimos minutos en la tierra deben estar limpios de figuraciones y simulaciones, nunca se sabe lo que le espera a uno del otro lado.
5. Si el tiempo es frío o fresco, lleve ropa abrigada, pero liviana, y si es caluroso o templado, liviana, pero ajustada. Sería contraproducente (por no decir de novela picaresca) amortiguar la caída por exceso de ropa, o planear por exceso de tela. No le gustaría terminar con medio cuerpo hecho pebre y tan vivo como si nada, ganándose motes del tipo: “La Tortuga Ninja voladora”, “La Donasep con alas” o, el más clásico de todos: “Súperman” (con acento esdrújulo y todo).
6. Agenciarse un trampolín tipo Buster Keaton, de buen rebote y transportable, imprescindible para saltar graciosamente los dos metros de valla estilo Auschwitz que luce hoy por hoy el Puente Huasco. Olvídese de la antigua baranda blanco-anaranjada que permitía una despejada mirada al Valle antes de saltar, y cuya moderada altura facilitaba (todavía un tiempo atrás) un calvado al vacío sin mayores esfuerzos y más contratiempos que un leve salto de barda. Esa fue sofocada.
7. Una vez sobre el Puente, evite cualquier dilación innecesaria, como paseos estilo Atrapado sin salida u Hombre muerto caminando; la mejor estrategia es la que no se piensa. No olvide que el retén de Carabineros está sólo a unos metros y no falta quien tiene un alma demasiado caritativa y da el aviso.
8. Espere el momento de menos tráfico (queremos irnos solos no en patota) y ponga el trampolín en posición, listo para rebotar sobre él y darse el impulso adecuado. Antes habrá tenido que ensayar repetidas veces el ejercicio en cuestión, con el fin de evitar cualquier falta de cálculo en la distancia y el impulso, además de ayudarse a configurar una coreografía limpia y perfecta, digna del Circo Mariposa. Así hará de su primer (y único) vuelo hacia la muerte un viaje esplendoroso, lleno de poesía corporal, en lugar de verse como un chimpancé sin coordinación y terminar metido entre alambres púas y fierros, o reventado contra la otra estructura al pasar en banda, si elije el lado contrario.
9. En el momento en que su cuerpo se eleve como un gracioso cisne, y cruce en vuelo aéreo (redundancia exquisita) hacia la muerte, sobre la valla en cuestión, dele una última mirada al centro de Vallenar (si es un vallenarino empedernido y sin remedio), o un barrido final al Valle y sus montañas (si fue un amante de la verde brecha y su destino), o haga una extensa y rápida panorámica del Río Huasco (o lo que queda de él) perdiéndose hacia la costa, antes de desaparecer por el hueco que lo separa de la monstruosidad de doble vía (si, a pesar de los arduos consejos, eligió el lado estrecho). O simplemente cierre los ojos y piense: “Al fin te dejo, hoyo asqueroso” (si es un vallenarino malnacido o un advenedizo inconforme). Si no es ninguna de las anteriores, allá usted, haga lo que se le venga en gana, pero sin perder majestuosidad.
10. Absténgase de expresiones del tipo: “¡Aaaaaaahhhhh!” en el momento de la caída final, o aterrizar de lleno con el rostro. Evitará a sus deudos tener que explicar el gesto de horror en su cara, o la inexistencia de ella, y les dará el bello consuelo de poder decir: “Parece que estuviera durmiendo”. Y podrá reírse a sus anchas de sus estúpidos comentarios.

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