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María Isabel Munchmeyer.  Interpretaciòn personal de la obra "Madre y niño", de Osvaldo Guayasamín.

María Isabel Munchmeyer. Interpretaciòn personal de la obra “Madre y niño”, de Osvaldo Guayasamín.

María corría por la calle del barrio, saltando de alegría, de vuelta a casa luego de una deliciosa tarde a orillas del río. Mientras jugaba a perseguir insectos, abría y cerraba diques entre la corriente, atrapando lizas y pequeños renacuajos, notó que le habían salido alas. Al principio pensó que se trataba del típico escozor que le invadía el pequeño cuerpecillo (especialmente la espalda) luego de horas de jugar bajo el ardiente sol de la tarde. Pero pronto se percató que sus breves carreras detrás de un saltamontes o una mariposa, se volvían más livianas y que tendía a elevarse levemente del suelo con la primera brisa. Escuchaba un suave zumbido a sus espaldas y giraba buscando, sin dar con su procedencia. Fue al inclinarse sobre el agua quieta de una poza ondulante de trazos dejados por los pumpullos, cuando se percató. Eran unas lindas alas de libélula, transparentes y brillantes, que se abrían detrás de ella. Intentó en vano pasar su mirada sobre los pequeños hombros para apreciarlas mejor. Sólo alcanzaba a ver las deliciosas nervaduras emergiendo desde algún punto de su espina hasta la altura de sus omóplatos. No eran muy grandes, pero la llenaron de felicidad. Trató de moverlas observándose en la sombra que proyectaba en el suelo, ahí, unas pequeñas salientes redondeadas a la altura superior de su bracitos, moviéndose apenas, y el zumbido justo detrás de sus oídos. Probó dos o tres intentos de vuelo, incluso con viento a favor, pero sólo logró sentir una tenue liviandad corporal y una sutil sensación de despegue, nada más. Todavía debían estar muy pequeñas, pensó. Pero cuando crecieran… Aún no había recuperado el aliento, mientras subía por la calle pavimentada, cuando se topó con don Gumercindo que tomaba sol sentado en la escalera de su casa. Sin detenerse lo saludó y le gritó, eufórica: “¡Mire, don Guma, me salieron alas, me salieron alas!” El viejo le devolvió su sonriente saludo habitual y contestó: “¡Lindas, mi niña, lindas!” También le gritó al almacenero de la esquina y a la señora Marta cuando se cruzó por su camino, a quien se encontraba le decía: “¡Me salieron alas, miren, me salieron alas!”, y pasaba sin perder ligereza ni energía en la carrera. Cuando entró como un alocado colibrí a la casa, su madre seguía inclinada sobre la ropa sin planchar, zurciendo la tela gastada y pegando botones aquí y allá. En el momento en que estuvo frente a ella, la excitación y el cansancio parecieron ganar terreno repentinamente y sólo atinó a jadear, sin poder emitir palabra, dando saltitos y girando, mientras apuntaba su espalda. “Pero qué es eso”, quiso saber su madre, sorprendida. “Son, son, son mis alas”, tartamudeó sofocada. “Me salieron alitas, mami, mira, son alitas de comecabello…” María se acercó a ella retrocediendo con cuidado para que pudiera tocarlas. La madre las palpó suavemente y ella se volvió buscando su rostro: “¿Te gustan?” La madre sonrió, mientras apartaba el cabello alborotado del pequeña frente infantil. “Son muy lindas”, susurró. Luego la alejó para mirarla con más cuidado. “¿Y dónde está tu ropa?” María miró sorprendida su rollizo torso desnudo y esbozó una diminuta sonrisa a modo de disculpa: “Es que quería mostrarte mis alas nuevas y se me olvidó en el río. Mira, voy a ser un hada, mami, y te voy conceder deseos…”, agregó, recuperando la excitación perdida por un momento. La madre soltó una suave risita que fue acompañada por la tintineante voz infantil, y buscando entre la ropa, dijo: “Ven para ponerte algo, está empezando a hacer fresco…” María la miró desde abajo, torciendo su cuerpecito y haciendo zumbar sus relucientes alas. “No, mami, …”, suplicó. La madre abrió con sus manos un pequeño jersey desde abajo y ordenó con suavidad: “Ven que te puedes resfriar”. María se acercó haciendo pucheros: “Pero se van a romper… mis alitas”. La madre le sonrió mientras le encajaba el jersey con suavidad: “Si lo ponemos con cuidado y te quedas bien quietecita, no les va a pasar nada, ¿mmm?”. Y mientras la vestía y le arreglaba el cabello, la madre sintió el imperceptible crujido de las alas que se empezaban a desmoronar debajo del viejo jersey de lana. “¿Y mañana puedo sacarme la ropa para jugar con mis alas?” “Sí, claro”, susurró la madre, mientras una ardiente y tenue lágrima bajaba por sus avejentadas mejillas, y pensaba que quizás podría vender el polvo de alas y comprar ropa más abrigada para el próximo invierno.

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