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Oswaldo GuayasaminEl cielo es azul, Mariana. Puedo verlo a través del velo oscuro que nos cubre. ¿Lo ves? Ahí, justo donde la negrura parece aclararse un poco.
— Estás cansada, ya no sabes lo que ves. Duerme.
Si te detienes y miras fijo te vas a dar cuenta. Es como una línea muy suave tratando de asomarse hacia este lado de la tierra. Yo tenía un chaleco de ese color, ¿te acuerdas?, azul, como el cielo. Me acuerdo bien.
— ¿Quién se acuerda de esas cosas ahora? El cielo azul… Debe ser el reflejo de alguna luz por debajo de esa costra negra, yo que sé.
No es la primera vez que lo veo. He registrado toda esa negrura. Difícil ver más desde aquí: sólo un horizonte combado al final de esta bóveda tiznada de fumarolas impenetrables, balanceándose al ritmo de tus caderas, Mariana, cada vez que abro los ojos. Nada más. Sé lo que te digo, es azul. El cielo.
— Escuchas demasiado esas leyendas y ahora te imaginas cosas. Eso es lo que pasa cuando te la llevas todo el día así, de espaldas sin tener qué hacer. Ya ves cómo te afecta…
Es azul. Si te detuvieras y alzaras la vista por un momento, con mucho cuidado, te darías cuenta. Pero siempre parece que la arrastraras sobre la tierra, como si buscaras algo que has perdido. Si pudiera te cambiaría el lugar, para que vieras. Así no estarías tan cansada ni yo tan obsesionada.
— ¿Vas a empezar? Siempre empiezas por el cielo, pasas por la tierra y terminas lloriqueando… Ya, deja de llorar que tus sollozos me golpean los hombros y me pesan.
Mariana.
— También dijeron que había un lugar, más allá de esta tierra. Pero yo sólo veo este paisaje ceniciento día tras día…
Mariana.
— Y la tierra que se alarga, y el cielo que se cierra… El cielo. Como si supiéramos lo que es. Leyendas. Eso son.
Acuéstate, Mariana. Descansa. Deja tu carga y tiéndete junto a mí. Nos miraremos una a la otra hasta dormirnos. Sin tierra, sin cielo. Sólo nosotras dos. Ven. Que el frío de la noche ya se acerca y no avisa ni espera.
— Y entonces empezarás a hablar de las estrellas, que si ves una, que si ves la otra… y yo sólo veré negrura, y estaré cansada, cansada de no ver más que negrura.
Ahora quién lloriquea, dime. ¿Ves que es mejor estar así, una junto a la otra al atardecer? No me mires así, sé que es el atardecer. Lo sé. ¿No notas como el frío empieza a colarse entre nosotras a pesar de estar tan juntas? Ven, durmamos. Mañana volveremos a rastrear el cielo y la tierra, Mariana. Hasta entonces miraré las estrellas en tus ojos.
— Y yo oleré la tierra en tu cuerpo.

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