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Horacio Lobos Luna. "El rumor de las colinas"

Horacio Lobos Luna. “El rumor de las colinas”

Cuando abrimos los ojos, habíamos dormido por cinco años y ya estábamos en Marte. Al menos eso nos dijeron, mientras observábamos las extensas llanuras de tierra cobriza y reseca perderse en el horizonte, del otro lado de las ventanillas de la nave. Una suave cortina de humo y vapor, ascendiendo desde algún punto de los motores recién apagados, difuminaba de tanto en tanto esa primera visión de un paisaje tan familiar para mí. No porque hubiera estado ahí antes (nadie lo había estado jamás hasta entonces), sino porque me recordó el hostigante desierto de donde venía, allá, en algún lugar de la lejana Tierra, humedecido por la camanchaca, en frías madrugadas de mis inviernos de infancia. Cuando aún existía algo como la camanchaca, claro. ¿Quedaría el reseco vestigio de un valle cruzando aquellas rocosas colinas marcianas también? Quién sabía. Todo era nuevo ahora en Marte. Al menos eso nos dijeron.
Ni hubo tiempo de asombrarse ante aquella desolada similitud pedregosa. Pronto todo fue un subir esto, bajar aquello, ser llevados por largos pasillos metálicos hasta las instalaciones del primer complejo humano en Marte. Desde ahí poco se veía; no había cielo ni espacio, sólo encapsulados contornos metálicos, e infinitos pasillos y rejillas, reduplicándose sin fin. Y un sofocado rumor queriendo filtrarse entre el ininterrumpido reonroneo de la feroz maquinaria, inconmensurablemente indefinido por encima de nuestras cabezas. Eran las tormentas de arena que barrían la superficie de vez en cuando, agitándose contra la estructura del complejo, nos dijeron. Nos daban la bienvenida a nuestro nuevo hogar: la posesión de un portentoso mundo por conocer y explorar. Fue lo último que nos dijeron, antes de partir de vuelta hacia la noche sideral, dejándonos con sus adioses y la promesa de un inminente regreso.
Desde entonces ha sido un deambular por ductos de luz fría y habitaciones compactadas contra bóvedas de metal. Llevando y trayendo muestras arrancadas de la árida superficie, en un lento avance sobre las llanuras, coronadas por inalcanzables colinas enmarcadas en los vitrales de observación, saludándonos en la distancia, igual que en nuestro primer descenso desde la nave. Aún lo están hoy, a otros tantos años de distancia de aquel día, sin ninguna intención de retroceder en los años que vienen, al parecer, ni para las próximas generaciones. Los intentos de ir más allá de aquellas inalcanzables formas montañosas se han quedado en inútiles ensayos por romper la barrera autoimpuesta: el miedo a morir debido al calor y la presión atmosférica. El equipo aún es frágil frente a este portento planetario que es Marte. Al menos eso nos dijeron. Y cada vez que logramos un crepitante contacto con la Tierra, se nos recuerda lo peligroso de esa fragilidad. No salir más de dos horas al exterior. Evitar especialmente las tormentas de arena. El satélite que orbita el círculo del planeta nos entrega de tanto en tanto la alerta de los cambios climáticos sobre el interminable desierto marciano, filtrados hacia los satélites de la Tierra. Pero los años se han hecho también interminables, y la vista de aquellas colinas, siempre ahí, como en espera, parece llamarnos. Salimos, traemos nuevas muestras y, de vez en cuando, nuevas noticias: alguien se atrevió a ir más allá de la última marca, desafiando el límite de las dos horas, sin mucho problema. Entonces la advertencia desde la Tierra vuelve a repetirse: no arriesgarse innecesariamente y esperar a un nuevo destacamento con equipos más avanzados. Al menos eso nos dicen.
Esperar. Mirar desde las ventanillas y esperar. Por años y años. Desde entonces. Desde ahora. Tan imposible como ignorar los rumores propagarse y correr por los corredores de esta gran mole de metal. Uno los puede oír multiplicarse en las noches, por debajo del ronroneo mecánico del complejo. Cuchichear en los oídos al mirar por las ventanillas de observación, allá, en esa cresta rocosa que se destaca apenas, a cientos de kilómetros, en los días más claros y luminosos: una forma, una figura demasiado familiar para obviarla. El relieve de montañas y texturas que ya conozco, vistas a través del velo de una camanchaca tantos años atrás, o distantes quebradas que otros dicen revivir desde aquí. Pero no. Estamos en Marte: un mundo totalmente nuevo, a años luz de nuestro suelo natal. Imposible. Al menos eso nos dijeron.
Y así se lo transmitimos a nuestros hijos. Y a los hijos de nuestros hijos. En espera de que algún día, en un momento de parricidio monumental, alguien logre alcanzar las lejanas colinas y pueda decir que aquello que nos dijeron, fue lo que realmente nos dijeron.

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