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Portada Caja Negra 331x487. Recorte

Nada más vulgar que sentarse en un baño; o en una taza de baño, para ser más precisos. Como comer, dormir, o cualquiera de esas funciones biológicas que ponen en funcionamiento el desdén por lo meramente corporal y cotidiano. Aunque sentarse en una taza de baño se lleve la palma, junto con otro tipo de secreciones asociadas a lo íntimamente inmencionable en cualquier conversación que se precie de decente. Ni hablar de la alta literatura. Allí simplemente no tienen cabida, y si la tienen es con los clásicos rodeos de la sobrecarga metafórica, esa que hace desaparecer hasta los olores y sonidos más repugnantes, y los convierte en la rosa cantada o florecida en el poema.
Una rosa saliendo por el trasero en medio de una lucha sufriente de media hora, sobre una letrina de losa limpia y reluciente, o una sucia y llena de sarro, según sea la situación (antes estaban los pozos sépticos, pero ya ni las moscas tienen ese privilegio), eso sí que es un agón poético. Especialmente por las espinas. Los estíticos sabemos de eso. Para nosotros, sentarse en la taza de baño no tiene nada de vulgar. Lo sabemos: es el precio pagado por nuestra inusitada libertad durante los 365 días del año (si es que las cuentas cuadran). Libertad de no tener que ir después de cada comida o simplemente una o dos veces al día. Libertad de no preocuparse por tener que aguantarse las ganas en largas jornadas laborales, sociales o festivas: encontrarse relajados en la playa, por ejemplo, o en un camping, no tiene precio. Aunque sí lo tiene. Todo lo tiene en esta vida. Y el precio que debemos pagar las personas en nuestra condición digestiva es alto y caro. Porque los dioses son envidiosos, bien decían los griegos. Y toda hybris ha de ser cumplida. Nadie puede escapar a la llamada de la naturaleza, o en nuestro caso evadirla felizmente por algunas horas o días, sin pagar eventualmente por ello. Y lo hacemos. Siempre llega ese el momento (tarde y mal) en que debemos sentarnos en el trono de todo lo sagrado y secretar nuestras culpas por tanta libertad mal habida, o bien habida, según sea el caso y la perspectiva.
El proceso es siempre el mismo, o parecido. Sentarse y esperar, aunque no sirva de mucho. Porque siempre está la esperanza de que sí, esta vez sí el agón será evitado, y la naturaleza burlada. Pero no. Luego de unos minutos algo en nuestro interior (y no es metáfora) urge poner manos a la obra (y tampoco es metáfora, nótese). Y por muy silencioso y digno que quiera ser el proceso (inevitable vergüenza por lo vulgar), se convierte en una serie de bufidos, jadeos o leves gemidos (si el caso así lo requiere), deplorables por la situación misma y el lugar. Cuando el proceso ha llegado a su punto álgido, y en muchas ocasiones llega, se puede escapar incluso un gutural: Dios, mío… En casos de paroxismo extremo, e incluso hasta de un cierto sentido lúdico (también en esas circunstancias puede haberlo, no se crea), se puede aún matizar con un: ¿por qué me has abandonado? De cualquier forma la sensación, llegados a un punto, es casi parecida.
Así que de vulgar, nada. Es casi una gesta mítico-heroica. Somos prometeos y sísifos pagando sus culpas por contravenir las leyes del universo. Es todo un proceso de aprendizaje, además. Especialmente con la culminación de cada momento. Sabemos que ese magno y torturante esfuerzo terminará en un magro y pobrísimo resultado. Pero aprendimos a no mirar atrás, literalmente (aunque a veces igual lo hacemos, o por costumbre o por empedernido optimismo, como al inicio del ritual). Lo sabemos desde pequeños, y algunos lo aprenden más tardíamente, pero lo aprenden bien: no todo gran esfuerzo trae aparejado un gran resultado. Incluso más, aprendemos que el más lacerante esfuerzo, generalmente, puede culminar en el más miserable de todos los resultados. Y así, desde temprana edad, evitamos la gran falacia de la edad moderna: el exitismo. Qué gran sueño americano ni queochocuartos. Los estíticos somos, por naturaleza, estoicos.

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