Etiquetas

, , , , , , ,

Odisea 2001

Los viajes siempre han sido agotadores. Y no sólo por el cansancio físico: esa atrofia que se apodera del cuerpo y que se acumula en las junturas de los huesos y músculos como un residuo quemante, sino también por el abrumador desgaste mental. Infinitamente peor. Como despertarse después de una interminable noche de preocupaciones y afanes, sin tregua, allá, en lo más profundo de los sueños. Y sin poder recordar ni uno solo de ellos. Para volverse más que loco. Ni siquiera el entrenamiento de años preparaba para eso.
Había oído miles de historias sobre tripulantes que terminaban en un manicomio después de los tres primeros sueños. Sueños. Bonito nombre para ese asfixiante vacío de conciencia. ¿Por qué pensó que sería distinto, después de todo? Desnudarse, recibir una avalancha de pinchazos y toxinas, quedar conectado a un montón de cables y máquinas, encapsularse en un estuche de vidrio y dormir por años y años. ¿Imaginó que era llegar y despertarse como después de una reparadora siesta? No sabe qué imaginó, en realidad. Abrir los ojos en un nuevo mundo, tal vez, con la órbita dorada de un indescriptible planeta girando sobre sus polos y mares a millones de revoluciones, y soles creciendo y muriendo, en un torbellino de inmensidades idas y por venir. No esa negrura sideral extendiéndose más allá de la ventanilla, en la que se hallaba cada vez que volvía en sí. Ni ese endemoniado silencio interrumpido sólo por el largo bufido de su cápsula al destaparse cada decenio, o el pitido secuencial de la maquinaria funcionando como un aparato de relojería.
En esa oscuridad, iluminada apenas por el parpadeo de los circuitos en continuo funcionamiento sobre las paredes y los paneles, se sienta exactamente a las 03:00 a.m. del 15 de abril cada diez años y espera a que pase la borrachera de la larga hibernación y el dolor del primer movimiento. Entonces se levanta despacio, pesquisa las otras cápsulas para verificar cualquier anomalía, según el procedimiento, y observa aquellos otros rostros, desdibujados detrás del cristal empañado, atrapados en su sueño. ¿Soñaban acaso? ¿Soñaba él? ¿Soñaba justo ahora?
Y ese sólo pensamiento lo deja en suspenso otra vez, más allá de todo posible vértigo conocido o por conocer. Una nausea amarga y repugnante, de la que sólo se libera ocupando el tiempo que le queda en poner a punto cada cosa: regulando aquí y allá, constatando esto y aquello, asegurándose que todo irá bien hasta el siguiente turno. Recorre cada pasillo y recoveco del ronroneante cetáceo espacial, flota entre los estrechos ductos, escurriéndose en las innumerables recámaras, mirándose en cada espejo para reconocerse, para recordarse tal como había sido alguna vez. ¿Estaba esa cana ahí antes? ¿O esa arruga? A veces, sólo a veces, se llama en voz alta, para oír su propia voz, en mitad de aquella quietud. ¿Era esa su voz? ¿La alcanzaba a evocar con suficiente nitidez, igual que su nombre? Y ante esa duda, una que otra vez, ríe; no es una carcajada, no, sólo una risita, una risita un poco nerviosa, nada más, que se disipa luego de una ración de té caliente guardada para la posteridad.
Antes de volver a su prisión de cristal, verifica la carta de navegación en el monitor y cuenta: uno, dos, tres, cuatro, cinco… seis. ¿Seis qué? ¿Años? ¿Cómo sería volver a cerrar los ojos el tiempo justo y preciso para suspirar al despertar? Trató de recordar, lejanamente, aquella sensación, pero se le quedó enredada en una imagen oscura de horas y tráfico al quedarse dormido.
Cuando abrió los ojos el reloj no paraba de bipear y ya se le había hecho tarde como por veinte minutos. No iba a alcanzar a llegar, como siempre, porque a esa hora el tráfico… Se lavó muy rápido las axilas y la cara y tomó un tazón de café muy cargado para despejarse de los rescoldos del sueño. ¿Había sido un sueño? ¿Era este uno? Y al pensarlo, por un momento, su corazón se detuvo y sus piernas se helaron, justo antes de salir. Percibió el profundo silencio de la casa por un instante, y el continuo ronronear del refrigerador. Emitió una breve risita que rebotó contra las paredes. Y salió.

Anuncios