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Gustave Doré. "Dantes's Purgatory"

Gustave Doré. “Dantes’s Purgatory”

Siento arañas en el cerebro. Percibo los diminutos filamentos de sus patas moviéndose de un lado a otro sobre la membrana que cubre la superficie de mi materia gris. Corretean sin ton ni son, unas veces lentamente, otras bullendo en desbandada, multiplicando la desesperante sensación de escozor y hormigueo ensordecedor. Siempre ha sido así. Desde que tengo memoria. O simplemente puede que ya no recuerde otra cosa en mi vida. Arañas corriendo por mi cerebro, anidando aquí o allá, la sensación de sus pequeñas extremidades y cuerpecillos cubiertos de diminutos pelos monstruosamente amplificados por las terminales nerviosas de mi masa encefálica. El horror mismo.
Pero aprendí cómo acallarlas. Al menos por algunos periodos de tiempo. Al principio fue una reacción casi natural; cuando ya se hizo insoportable su enloquecedor ajetreo de patas peludas arrastrándose dentro de mi cabeza, en lo único que pensé fue en matarlas. Y eso hice. Una por una las buscaba en los rincones de la casa, en el parque, entre las rendijas de viejas casas abandonadas, y las mataba, primero con demencial desesperación, luego a un ritmo más pausado, a medida que iba disminuyendo su constante ir y venir por debajo de mi cráneo; hasta que finalmente se calmaban. Mientras más mataba más largos eran los periodos de tregua que tenía para seguir con mi vida cotidiana. Pero no era suficiente. Nunca lo es. Es como si cada vez volvieran con más rabia y energía, hurgueteando por todas las esquinas de mi cerebro. Entonces hay que aumentar la dosis. Pero nunca hay suficientes arañas para matar. Ni en toda la casa, ni en los parques, ni en las casas abandonadas del barrio, por muy viejas que sean.
Fue cuando vinieron los gatos. Lo descubrí por mera casualidad un día que estaba tan enloquecido por el asqueroso contacto de sus patas trepanándome la cabeza, y sin ninguna araña a la que recurrir ya. El gato salió de la nada, prácticamente saltó cerca de mí en el callejón donde me había metido, piedra en mano, machacando cada vez que veía aparecer una. Le di en plena cabeza, y allí quedó, con una grieta roja y un hilo de sangre manando de ella sobre su cuerpo muerto, o tembloroso al borde de la muerte al menos. Las arañas se paralizaron en mi cerebro de forma inmediata. Fue como si se detuvieran a observar, a través de mis ojos, la obra de mis (sus) manos, el cuerpecillo del animal dando los últimos estertores y esa figura rojiza, sin forma definida, que iba tomando el pequeño charco de sangre que manaba y manaba. El efecto calmante duró más de una semana. Fue genial. Podía ir al colegio, hacer mis clases y volver a casa como cualquier ser humano que lo único que tiene en su cabeza son problemas cotidianos, y no arañas royéndosela con sus infinitas púas peludas.
Pero el mundo tampoco está lleno de gatos. Y uno no es ninguno para las insaciables. Nada lo es. Todo se multiplica con ellas, como sus correrías aquí arriba, más ruidosas, más aceleradas, más enloquecedoras, más, siempre más. Un perro, por ejemplo. Equivale a una buena cantidad de gatos. Al menos al principio. Un mes de tranquilidad es una isla de felicidad luego de tanto arácnido esparciéndose ahí adentro, cada vez con más violencia. Y si son dos mejor. ¿Cuántos perros se necesitan para tres, cuatro meses de relativa calma? A que no adivina, doctor. Cientos. Porque mientras más son, más resistencia ponen a quedarse quietas. Es como la jaqueca y los medicamentos. Luego de un tiempo la misma cantidad de pastillas ya no surte efecto y hay que duplicar, triplicar, cuadruplicar. Llegados a un punto ya no ocurre nada. Entonces hay que subir en la escala. ¿Pero qué hay más grande que un perro, que se pueda encontrar cotidianamente por ahí y que sea relativamente fácil hacer desaparecer sin llamar demasiado la atención? ¿Un caballo, un elefante? Demasiado complicado. Sin contar que pronto ya tendrían que ser dos, o tres, y ahí sí que la cosa se pone color de araña.
Pero cuánta gente hay en la ciudad, ¿no? Mucha. Demasiada, diría yo. Especialmente en las escuelas. Tengo casi cuarenta alumnos en una sola sala de clases, y son más de veinte cursos, sin contar los apoderados, y las familias en general. Pero no me mire así, doctor, si yo jamás sería capaz de llegar a tanto. Además, nunca falta material de reserva en una gran ciudad. ¿Y quién extrañaría a un par de seres molestos para la misma sociedad, de esos que siempre drenan la sangre a los demás? No sé. Abogados, políticos… ¿Doctores? Si un hachazo es indoloro, doc, en serio… o al menos eso creo. Sí, mire, pero quédese quieto y no grite. Eso. Quietecito. Ahora. ¿Ve? ¿Dolió? A mí ya no me duele. Las arañas, digo, y creo que un buen médico equivale a… ¿cuánto diría usted?… si pudiera hablar todavía, claro. ¿Seis o siete meses? Quizás un año. ¿Qué tal? ¿No le dio gusto ser útil a su paciente? ¿A que sí?

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