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Si me preguntan: no me siento culpable.  Sobre todo porque a fuerza de costumbre he olvidado cómo hacerlo. En este tipo de trabajo no conviene pensar demasiado; así se evita terminar en un manicomio, con una camisa de fuerza atada al cuerpo, hablando idioteces. En eso era, precisamente, en lo que pensaba entonces, cuando lo vi en la fiesta. Lo reconocí de inmediato, a pesar del molesto titilar de las luces de colores: llevaba un chaleco azul y estaba con alguien, una niña, pensé; no me fijé muy bien en ese momento. Caminé hacia él tomándome mi tiempo, sintiendo la sequedad en mi garganta, contestando a gritos los saludos que recibía y, tal vez, con un leve temblor en las piernas, que me pareció de lo más natural en aquel momento. Mientras tanto, mi mano se iba deslizando suavemente hasta aquel cuerpo alargado y cilíndrico terminado en punta, aferrándolo bajo el costado izquierdo de mi chaqueta roja, donde lo guardaba: la misma chaqueta roja que mamá me había regalado para navidad y que esta noche decidí usar no sé porqué razón, después de inventarle quien sabe qué cuento para no preocuparla: que tenía una cita, que iba a dar una vuelta y ya volvía, que tenía que hacer tareas donde un amigo, o cualquier otra cosa, con tal de que se quedara tranquila, no hiciera preguntas sobre el colegio, mis amigos, y menos sobre Gerardo, que seguramente en ese instante estaba en plena fiesta, sin imaginar siquiera que yo o Álvaro… ¿Qué habría pasado entre Álvaro y él?, ¿habrían discutido por algo o por alguien? Quién sabe. En todo caso no era de mi incumbencia; jamás me ocupo de causas, sólo de efectos. Ni siquiera tuve la tentación de preguntárselo al mismo Álvaro cuando lo vi la tarde del jueves pasado en el Liceo, tan pálido como nunca, cuando se me acercó y dijo, abruptamente:
—Quiero que me hagas un favor… Tengo plata. ¿Te tinca?
En ese momento me preguntaba si Álvaro se habría dado cuenta de que estábamos en pleno colegio, con un montón de alumnos rodeándonos y, tal vez, escuchándonos. No lo miré al contestar, pero sentí su nerviosismo.
— Depende ‑dije.
— De qué.
— De qué quieres que haga, cuánto y a quién.
— Quiero que lo cagues ‑oí que balbuceaba‑. Te voy a dar la mitad ahora y el resto después. ¿Listo?
La pelota de vóleibol había pegado en la malla y las niñas del lado izquierdo saltaban, gritando contentas, mientras las otras reclamaban acaloradas.
—¿A quién? ‑pregunté.
— Al Gerardo…
Sonó la campana. Por primera vez mis ojos observaron esa cara asustadiza y crispada, pero decidida. Demoré en contestar, creo. Los alumnos empezaban a retirarse a sus salas.
—¿Cuál Gerardo? ‑dije al fin‑. Conozco a muchos Gerardos.
—Gerardo Rojas ‑dijo, y agregó mirándome‑: ¿Lo harás?
—Bueno ‑contesté después de una pausa‑. Si estás seguro.
Entonces sentí la mano de Álvaro junto a la mía que, extrañamente, sudaba también. Palpé el cuerpo apergaminado de un billete y, sin mirarlo siquiera, me lo eché al bolsillo. Fijé mi vista en Álvaro.
— ¿Estás seguro? ‑pregunté.
Me miró con un dejo de burla en los ojos, que ya no mostraban temor: era todo mío.
—¿Tienes miedo? ‑dijo.
— No ‑contesté‑. No tengo miedo… Dalo por hecho.
Uno de la pandilla de Gerardo me lo dijo: “Vamos a ir a una fiesta en la casa de Emilio este sábado, ¿quieres ir?”; contesté que no, pero enseguida supe que de todos modos iba a ir, que no habría mejor ocasión para ponerle fin al asunto que esa. Y apenas llegó el sábado, a eso de las diez, me encontraba camino a la fiesta, después de haber dejado a mamá en perfecta calma, sintiéndome seguro, protegido de los fríos presagios invernales, que ya se olían en el aire nocturno, bajo la tibia tersura de mi chaqueta roja. La chaqueta roja era llamativa, pero tenía una ventaja innegable: era ancha, eso me permitía ocultar la forma alargada y notoria del punzón que había decidido usar, a pesar de que siempre llevaba una navaja y un nunchako por si se presentaban ciertas complicaciones, en cuyo caso son las armas más eficaces; pero para este tipo de trabajo siempre he preferido el punzón: es un arma cómoda, rápida y de fácil manejo, además de que siempre se evitan los detalles molestos como la sangre y el escándalo correspondiente. Por esa razón actué lo más rápido posible; apenas rocé su hombro, su cuerpo, que aparecía y desaparecía cobrando una consistencia irreal bajo el efecto de las luces, y apenas alcanzó a reconocerme y a sonreír, en un movimiento relampagueante extraje el punzón de mi chaqueta, lo metí y lo saqué en la boca de su estómago con la suficiente velocidad como para lograr que la punta entrara y saliera sin derramar una sola gota de sangre, permitiendo que la carne se abriera y se cerrara sobre sí misma, como cuando se taja la goma, y lo suficientemente profundo como para que barriera con órganos y células para siempre.  Gerardo aún me sonreía cuando el punzón volvió a ocupar su lugar bajo mi chaqueta. Al continuar mi camino alcancé a ver de reojo cómo la sonrisa se le secaba en la cara, congelándose de golpe, y sus ojos me miraban, me seguían atónitos, abiertos sobre un rostro pálido tal vez (con tantas luces quién iba a distinguir). Lo que sí recuerdo nítidamente es su grito, eso sí que no lo olvidaré: un quejido apagado, quizás a causa del dolor o sofocado por el estridente rugido de la música.  No me volví a mirar, ni cuando su compañera chilló (entonces supe que se trataba de una mujer), ni cuando el cuerpo cayó, ni cuando pararon la música y las luces se apagaron y se encendieron con una nueva y llana claridad: cuando todo se alborotó. Para entonces ya me encontraba en plena calle, preguntándome si alguien lo habría notado, sintiendo el frío de la noche y este dolor en la garganta.
Pero no me siento culpable. Ni siquiera por mamá que, apenas llegue, me preguntará por Gerardo. Ni por mí, que tendré que mamarme el show de ver llegar a alguien mañana a la casa, avisando que Gerardo ha muerto, de ver a mamá llorar desconsolada mientras yo la conforto, diciéndole que no se preocupe, que me encargaré personalmente y le ayudaré a pagar los funerales de Gerardo con el dinero que acabo de ganar, porque después de todo, era mi hermano, ¿no?

(1989)
De Caja Negra, ed. 2008.

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