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Zdzislaw Beksinski

Zdzislaw Beksinski

El Cielo estuvo abierto tres días, pero no pudimos entrar. Llegamos atrasados para la promoción Pase libre, sin pecado concebido. De nada nos sirvieron los largos días de espera, las acampadas semanas antes, las llamadas para ver si algún pariente conocido de un amigo entrado hace años nos hacía alguna movida. Nada. Y eso que los pecadores somos pacientes en estos casos, especialmente si la alternativa es un lago de fuego y ser trinchados para quedar como pollo al orange. Al menos así es como lo cuentan por estos lados. Los que quedamos afuera, y seguimos afuera por los siglos de los siglos, nos miramos unos a otros y luego hacia abajo, allá, donde se distingue apenas un rastro endeble de alguna lejana fumarola, y minúsculas grietas como de volcán semiactivo. No faltan los que comentan que en realidad no es tan terrible como lo ponen. Incluso que hasta menos selectivo y más democrático. Por supuesto que es menos selectivo cuando eres carne de chamusquina en eternos tormentos para el deleite de algunos, comentan otros, y lo de más democrático habría que verlo.
En cambio, en este borde impreciso y grisáceo entre el azul intenso del Cielo aquí arriba y el ardiente rojo del Infierno allá abajo, los pecadores que no tenemos cabida en uno y no nos atrevemos a arrojarnos al otro, esperamos ni más ni menos lo mismo que antes de morirnos en ese otro limbo llamado Tierra: una buena promoción, y a ver si la suerte ayuda, porque ni hablar de un poco de misericordia, comprensión, justicia social, o como sea que le llamen. Y lo de meterse a la mala por aquí no corre, en eso al menos el más allá (que era el más acá cuando estábamos allá) tenía su ventaja. O sea, aparte de esperar y languidecer, no tenemos ni siquiera el consuelo de poder seguir pecando, en ningún sentido. Una mala acción, una intentona sutil de evadir el sistema, o incluso un leve pensamiento malicioso y zas que lo mandan a uno retobadito para abajo. Y no los guardianes del Cielo, no, sino los mismos rotosos que como uno esperan aquí. Nadie quiere verse mezclado con un tipejo que te puede funar la entrada al Cielo en la próxima gran promoción mensual, implementadas las últimas tres décadas para aplacar los reclamos, cada vez más insistentes, sobre la evidente discriminación en la entrada al Cielo. O sea, el Cielo. Y qué decir del Infierno, que ha tenido mucho que ver con seguir azuzando los ánimos, y aprovechar la avalancha de cuestionamientos para autopromocionar su absoluta y democrática apertura a cualquier alma que quiera hacer ingreso a ese recinto sin ningún tipo de discriminación ni trámites burocráticos que lo único que disfrazan son la selectividad de una elite de justos cada vez más injustos (sic).
Y así van las cosas. No muy diferentes de por allá. Si por lo menos hubiera purgatorio, un limbo oficial, o algo así. Pero desde que a un estúpido vicario se le ocurrió decir que se eliminaba y ya no existía algo como eso, los tibios pecadores como nosotros, que no estamos ni aquí ni allá, ni arriba ni abajo, ni a izquierda o derecha, tenemos que conformarnos con este campamento de refugiados para almas literalmente en pena. Añorando un Cielo que no es tan cielo, y temiendo un Infierno que no es tan infierno.

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