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Alfredo Valenzuela Puelma. "Náyade cerca del agua"

Alfredo Valenzuela Puelma. “Náyade cerca del agua”

Recuerdo que mamá estaba en la cocina cuando ella se fue. Ninguno pronunció una palabra ni buscó sus ojos, cargados de tantos adioses y regresos que agotaba tan sólo mirarlos. No encendió un último cigarrillo junto a la puerta de calle, ni dijo una mala palabra, ni hizo oír ese sollozo postrero de animal herido que anhela desesperadamente un tranquilizador bálsamo, pero se alista para el zarpazo definitivo. Simplemente cruzó como una sombra el oscuro pasillo, abrió la puerta y salió. El silencio se quedó como un residuo extraño detrás de su figura ya ida. Llenó la casa y nuestros oídos. Nos sorprendió por lo poderoso e inesperado. Y nos quedamos ahí, mirando el vacío como en busca de algo que debió ocurrir, pero se truncó. La repetición cíclica de un ritual que había sido roto de súbito, sin previo aviso de los participantes.
Fue tarde cuando alguno quiso reaccionar, tan tarde que ni siquiera el asomo de una reacción era posible. Ahí dejó unos discos viejos, una ropa de juventud que ya no le pertenecía, pero a la que se aferraba con insistencia trágica. Una guitarra, y una caja con recuerdos de infancia. Decía que esa casa era muy pequeña para una mujer como ella, que las alas le crecían lento y medio marchitas, que el amor estaba lleno de sombras y culpas entre aquellas viejas paredes. Que ella no era para eso. Por eso partía hacia las calles y las avenidas, hacia los horizontes abiertos del mundo, para volver con una maleta llena de aromas, colores y formas, cansada de tanto ir y venir, de tanto anhelo insatisfecho. Decía que el mundo era un lugar inhóspito, un lugar de manos y pechos brutales, de gritos, de jaurías en celo. Que ella no era mujer para eso. Y se recostaba en su pequeño cuarto por días y noches, esperando, recuperando aliento y fuerza. Para partir una, otra y otra vez.
La noche que nos la trajeron, con su vestido y su corona de fiesta primaveral, parecía una ninfa blanca saciada de agua y juncos de río enredados en la piel. Mi madre le secó la ropa y el cuerpo. Le pintó los labios y los ojos para que pareciera que estaba durmiendo. Le llenó la frente de besos y lágrimas. Y en sus canas silenciosas, en sus ojos apagados, y en su espalda curvada, vi la sombra de un anhelo y unas alas que se marchitaron antes de emprender el vuelo.

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