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porotos con riendas

El gran superhéroe Pedorrín con Riendas preparaba su próxima salida a luchar por la justicia y enderezar entuertos. Engulló la suculenta olla de porotos con riendas que le otorgaba la superfuerza necesaria para combatir el mal y salir victorioso, además de mantener su alto vuelo vigilante sobre las grandes urbes chilensis, gracias al efecto propulsor de los feroces gases intestinales que salían de su culo, y que él manejaba a voluntad (casi siempre). Un motor poderoso casi inagotable de energía, y un arma mortífera contra sus enemigos en los momentos más propicios.
Cinco minutos después sobrevolaba de norte a sur y de mar a cordillera esa curiosa lonja de tierra con forma de chile, dejando un reguero de sonoras y prolongadas explosiones anales, seguidas de una estela odorífera que bien podía competir con cien plantas de Agrosúper y toda su mierda aromático-contaminante habida y por haber. Por suerte para la población pululante ahí abajo, a esa altura el viento dispersaba cualquier olor antes que tocara tierra, y elevaba los gases a grandes alturas, donde se disipaban absorbidos por la capa de ozono, corroyéndola aún más y aumentando el efecto invernadero. Pero la justicia era primero que todo, y cualquier costo valía la pena por luchar para traerla al mundo y hacer de esta tierra un lugar más equitativo y seguro. Y para equilibrar un poco el asunto, siempre le ponía un Me Gusta a la página de Greenpeace en Facebook, comentando el gran trabajo que hacían, aunque en realidad no tuviera ni pichula idea en lo que estaban.
No había tiempo para eso. Su olfato supersensible había detectado un olor a carroña nauseabunda en algún lugar ahí abajo, señal de que se encontraba sobre un punto donde la maldad y la vileza probablemente ya hacían nata. Apretó los cachetes para detener el impulso del último súper peo y se puso en posición vertical dejando escapar continuas y breves explosiones intestinales, controlando su salida de tal modo que lo sostuvieran en el mismo punto sin moverse (aunque evitar la vibración y los leves saltitos era prácticamente imposible). Miró hacia abajo y vio una ancha mancha de tierra y diminutos edificios. Sabía que era inútil calcular al ojímetro el lugar exacto sobre el que se había detenido si no usaba el viejo truco del hilo de saliva. Así que se dispuso a dar un concierto solitario de sonidos guturales, salidos del fondo de la garganta, aspirando por la nariz y carraspeando para hacer llegar el máximo flujo de flemas hasta la boca, juntar el máximo de saliva (un escupo muy diluido sería fácilmente rechazado por el viento y le daría en la cara o cualquier parte del cuerpo) para poder llegar al objetivo sin problemas.
Cuando estuvo listo hizo el típico sonido con la boca para impulsar la espesa baba, dosificándola para que fuera cayendo en un hilo delgado y continuo hasta perderse en las profundidades. Ahí, justo en ese punto, hasta ahí se estiraba el hilo de baba, si sus cálculos no fallaban. Ahí estaba la guarida infecta del mal, la fétida porquería de la villanía, ahí, justo en esa… Mierda, pensó mirando con detención, otra vez el Congreso Nacional. Ya era la cuarta vez que le pasaba esa semana. Sin contar todas las demás en que fue atraído por el olor de otros edificios públicos, militares, catedrales y demases.  Porque su olfato jamás fallaba. El problema era que simplemente no podía irse por esos lados, aunque su olfato le diera la alerta roja. ¿Habían Superman, Batman, Spiderman, y tantos otros superhéroes, combatido con instituciones oficiales como si fueran supervillanos? Nunca. Bueno, excepto en las últimas entregas de cómics, pero de esos se podía esperar cualquier cosa. No. Los superhéroes clásicos, los de verdad, no hacían eso. Todo lo contrario, luchaban codo a codo con la policía, los alcaldes, los presidentes y toda la tracalá de gente bien. Incluso Bruno Díaz era gente bien. Él no iba a ser la excepción.
¿Dónde estaban los terroristas? Esos que se ponían bombas y amenazaban un vagón repleto de personas indefensas, dónde. De los supuestos terroristas por estos lados ni hablar. Por más que los olía no tenían olor a nada. Con suerte a un poco de bencina para cocteles mólotov, y de vez en cuando a pólvora, pero era generalmente después que el disparo de un uniformado o agente los había derribado sin decir bala va. Y para remate del asunto, esas distracciones olfativas lo único que hacían era hacerle perder tiempo y energía pedórrica. Ahora tendría que volver a recargar el estómago. Porque esa era otra: con una olla de porotos de los de antes tenía para más de medio día, pero con los porotos que salían ahora tenía que volver cada tres o cuatro veces para recargar. Maldita Monsanto.
Basta de quejas. Un superhéroe era todo templanza y fortaleza. Así que se preparó para darse un último impulso pedórrico antes de alcanzar una de sus tantas guaridas, donde le esperaba otra enjundiosa olla de espesos porotos con riendas, y así seguir en la búsqueda del bien y la justicia. Cosa que continuó haciendo, confiando siempre en que tanta recarga no le cayera demasiado mal, como ocurría últimamente, porque los peos con challa siempre cagaban todo, literalmente.

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