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“La carta de amor”. Pedro Lira

A quien corresponda:
Dejé de pensar en usted
el mismo día en que descubrí
que las alas de las mariposas reposan
sobre el frágil cuerpo
de una rosa que se marchita
con el tiempo.
Cuando dejé de agitar las manos
entre sueños e insomnios
en el instante preciso
en que la noche se hizo
cómplice muda
del otoño y el invierno
trayendo hojas amarillas
y blancos mantos de niebla.
A veces nos cruzamos
en una esquina y le sonrío
para ver si el mensaje llegó a destino,
pero es la misma sombra
y el mismo vacío
que se ilumina sobre
el mismo instante que se apaga.
¿Qué decir?
Ningún gasto de envío
a considerar,
sólo la envoltura de los sueños
que se rasga y se arruga
lista para el tacho de la basura:
ni siquiera reciclable
porque fue hecha a la medida
de un mundo aún cubierto
de verde y un sol que sonreía
tras unas gafas oscuras.
Nada más que agregar,
sólo restos de abrazos
que aún quedan por ahí
y una atenta despedida
como gesto final
(porque la educación lo amerita)
de quien suscribe,
siempre
cada día menos suyo.

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