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Oscar Sanmartin. "Taxonomía 06"

Oscar Sanmartin. “Taxonomía 06”

La noche ha caído sobre Marte y el hombre se prepara para el regreso. Nunca estuvo muy seguro de qué valió la pena y qué no, ni si tantos años de vida y trabajo sobre aquella rojiza esfera guardan el significado de algo más, algún profundo sentido que hoy se le escapa. Cuando vuelva lo sabrá, seguro. Habrá celebraciones y fiestas de bienvenida y todo eso. Y mucha gente aglomerándose para ver al último habitante del planeta rojo. Cuando solía serlo, al menos, antes del enfriamiento total y ese invierno perpetuo que cubre su superficie por más de un siglo. Un frío tan profundo que ni parado junto a la plataforma de lanzamiento, rodeado de las espesas fumarolas saliendo desde los potentes motores de la nave, logra mantenerse lo suficientemente abrigado dentro del traje reforzado para tal clima, si se le podía llamar así todavía a ese estado permanente de temperatura: clima.
En aquel páramo nocturno lleno de rocas y relieves, aún se pueden vislumbrar los últimos vestigios de una que otra vieja estación de terraformadores. Lejos, mucho más allá de la oscuridad devorando los penetrantes destellos de la Estación Puerto bajo sus pies, diminutos racimos de luces moribundas salpicando extensos manchones de absoluta negrura: restos de poblados quizás, complejos industriales o vastos campamentos mineros. Quién sabe.
—¿Nos vamos? —invita una voz a su espalda.
Asiente en silencio, como siempre, y camina hacia la nave. Dentro el ambiente es sofocantemente cálido, distinto al calor generado en el interior de las instalaciones marcianas que él conocía. ¿Sería ese el calor de los Hábitats en la Tierra? ¿Habría Hábitats en la Tierra? Y si los había, ¿les llamarían así? Todo era desconocido para él ahora. Esa nave, el calor, la Tierra. Lo que había sido su vida, y la vida de todo un planeta por siglos y siglos, quedaba atrás, para siempre. Con él, y con esta nave, desparecería el último rastro de vida humana que se asentó alguna vez sobre las extensas llanuras y costas de Marte. De regreso al origen, al origen de todos los orígenes. A un origen tan lejano como ajeno. Cuando bajara de esa nave lo sabría. Sabría cuántas miríadas de estrellas y planetas, de insondable tiempo y espacio, lo separaban de una Tierra que lo vería descender como un curioso marciano, un marciano con antenitas y piel verde, de esos que contaban las antiguas historias. Exactamente como se sentiría entonces y, tal vez, el resto de lo que le quedara de vida.

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