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Gustave Klimt. "El árbol de la vida"

Gustave Klimt. “El árbol de la vida”

Ya la Muerte Guerrera
baja sobre los fértiles campos,
desoladora e implacable
arrebata los frutos en ciernes,
aplasta los ya maduros
y quema la pulpa seca
de sol y tiempo.
Al son del clarín
de la primera aurora
ha anunciado su paso, aterradora,
y desde los primeros rayos de luz
se dibuja la promesa
de su figura
como un ejército en marcha,
listo para el asalto final
y el disfrute de su botín.
¿Daremos la lucha
al pie de esta colina
o al resguardo de estas murallas,
o abriremos las puertas
y caeremos rendidos
a sus pies antes que la noche
nos envuelva
en su espesa cabellera
de niebla y oscuridad sin luna?
Porque lleva la Victoria
pintada en su rostro
con la sangre
de los que ha arrebatado,
y su cuello se adorna
con flores marchitas
y semillas muertas,
y las lanzas se quiebran
ante su asalto como tiernas
espigas ante el peso del viento.
Ven, Hermana Conciliadora,
entra a nuestras casas
y siéntate ante la mesa.
Entre los susurrantes álamos
y los añosos sauces
te hemos tendido un suave lecho,
y contigo retozaremos
cuando la tarde haya avanzado
y el rumor del mundo haya caído.
Serás nuestro consuelo al final
del día lleno de afanes,
y serás nuestra nueva alegría
antes de la próxima cosecha.
Entonces habrá fiestas y cantos
esperando el tiempo de tu llegada,
y gozaremos de los frutos maduros
y escanciaremos el más dulce mosto.
Y tejeremos guirnaldas de lozanas flores,
y las colgaremos a tu cuello,
y diremos: “Bienvenida, Hermana Conciliadora”.
Y nos conquistarás al fin
y te conquistaremos,
y el cielo será un camino
de estrellas hacia el infinito
de todas las edades y todos los tiempos.

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