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Tomasz Alen Kopera

Tomasz Alen Kopera

—Número 5.
—¿Qué?
—Tienes asignado el próximo descenso.
No tenía ganas. Había descansado por más de doce milenios y simplemente no tenía ganas. Que fuera otra, que fuera número 3, a él siempre le gustó el asuntito de liderar multitudes, traspasar sabiduría, aunque la parte final siempre fuera más dolorosa de lo presupuestado.
—¿Puede ir otra?
—No. Fuiste reemplazado en tres descensos y ya te toca.
—Es que me dieron muy duro la última vez. Tal vez debería esperar otro poco…
—Aquí dice que ya estás bastante recuperado. Además, las cosas han cambiado mucho, ya no es tan terrible como los primeros días… Es muy rápido, casi indoloro.
Sí, claro. Indoloro. Como no eran ellas las que tenían que bajar, hacer todo el trámite, pasar por las horrendas consecuencias y luego volver, una y otra y otra vez, quién sabía hasta cuándo. Además, la última vez también le dijeron lo mismo: ya no es tan terrible, y ahí estuvo, varios milenios en observación porque las laceraciones y el martirio le habían dejado huellas hasta más allá del tuétano. Aún podía sentir la sensación de la piel desprendiéndose de vez en cuando, aunque ya no llevara piel ni nada por el estilo. No creía que estuviera lo suficientemente recuperado. Ni de cerca.
—¿Cómo voy? ¿Mujer u hombre?
—Mujer.
Más encima. La odiosidad, la desventaja cultural, y los peores finales, sin contar con los detalles biológicos y emocionales. Poco más de veinte milenios atrás le había tocado incluso parir familia en el proceso. Y aunque los estragos emocionales no se comparaban con los físicos, eran más fáciles de “limpiar” una vez hecho el ascenso. La sensación directa de los físicos costaba siempre algo más.
—¿Puedo hablar con el Jefe?
—Si quieres, pero no creo que consigas mucho…
Cierto. De hecho era más fácil conseguir algo con el encargado de los turnos. Todos sabían lo que le había pasado a número 1 cuando se le ocurrió cabrearse, ignorar un par de órdenes y enfrentarse directamente con el Jefe. Cola, cachos y un lago de azufre fue lo que consiguió; claro, hablando en términos meramente alegóricos, porque en términos substanciales era muchísimo peor.
—¿Y no han considerado otro lugar? Digo, hay mucho espacio y mundos por ahí…
—No. Ya sabes que cuando se le mete una idea en la cabeza no hay quién se la saque.
—Sí. Bueno, ni modo… ¿Y dices que las cosas han mejorado?
—Sí… Al menos eso parece. Tú entiendes.
—Sí.
Dentro de su meteórica carrera había brillado tanto como el que más, pero de un tiempo a esta parte ya no le veía sentido a tanta pérdida de energía. Después de milenios y milenios el asunto no parecía cundir mucho en ese globo azul. La misma barbarie con distinto color y diferentes artefactos mortales. Lo único bueno era que mientras más modernidad, el proceso de liquidación de enviados (o como quiera que les dijeran allá abajo) era muchísimo más rápido. No siempre, por supuesto, las antiguas costumbres siempre perduraban aquí y allí. Además estaba número 1, que continuaba en su delirante carrera de disidente, metiéndose por un lado y por el otro para avivar la llama, por decirlo gráficamente.
—¿Listo?
—Lista.
Y se preparó para otro descenso, con la loca idea de que quizás dejaría a número 1 susurrarle un poco más de sus propios planes y de su cabreo habitual. Quién sabe. Tal vez eso aliviara un poco la carga un rato. O algo más…

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