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Wildredo Lam. La jungla

Wilfredo Lam. “La jungla”

Difícilmente podría dar una fecha exacta para el inicio de la llamada dictadura verde, pero lo que sí podía fijar con seguridad, porque era un recuerdo profundo y nítido como un feroz surco en la piel, era el día en que decidió romper con los miedos, dejar atrás su vida de ciudadano perfecto, tomar sus cuatro pilchas, sus artefactos de trabajo, y salir al mundo a arrasar con pequeños ecosistemas de animales y plantas, convirtiéndose en uno de los criminales más buscados del país. Y si no fuera demasiado pedante siquiera pensarlo, probablemente del mundo.
Y a pesar de eso, le apodaron Humano. La razón era muy simple, aunque compleja en su articulación: cuando el nivel de deshumanización ha caído tan bajo, hasta el acto que parecería más inhumano en circunstancias normales (si algo así existe), puede interpretarse como el más humano de todos. Y si algo ha podido probar el ser humano en toda su historia, es su capacidad de traducir las intenciones más humanas en los actos más atroces, y viceversa.
Por eso algo como la dictadura verde nunca podría haber iniciado, en sentido estricto, más bien había decantado hasta convertirse en lo que era. De ahí que se hiciera difícil fijarle alguna fecha de nacimiento. Los orígenes para su instauración final estaban rodeados por profundos gestos de amor y humanidad. Amor a la naturaleza, a los animales, a la biodiversidad. El triunfo de la conciencia ecológica como nunca antes fue posible en el mundo. Una conciencia que se esparció a todos los ámbitos, que llenó todos los lugares. De pronto, cada espacio del mundo se abrió para que habitaran y convivieran seres humanos, animales y plantas. Todo fue verde y naturaleza, creciendo, creciendo inconmensurablemente, a niveles exponenciales. Y no sólo en el espacio físico, también en el social e individual. La educación se hizo ecológica a tal grado que la sola posibilidad de matar o dañar una vida animal o vegetal, causaba las reacciones más angustiantes en niños y niñas, desde la primera infancia. Ver morir un animal, una planta, o todo un ecosistema, por negligencia o crueldad humana, era simplemente impensable en un momento dado.
Cuando los ecologistas tomaron el poder y el nuevo orden fue ratificado por las leyes y las constituciones, entonces no hubo más que hacer. Incluso los míseros grupos de personas que aún se oponían no tuvieron más opción que guardarse sus comentarios. Súbitamente, la superficie del país, y probablemente del planeta, fue un hervidero de seres tratando de ajustarse unos junto a otros en el reducido espacio que les quedaba. Especialmente quienes no tenían la opción de construir grandes casas de tres o cuatro pisos para escapar a tanto bicharraco venido de todos lados. Y sin poder matar ninguno, porque la cárcel y la degradación social esperaban sin dilaciones.
Fue entonces cuando los servicios de Humano se hicieron imprescindibles. Su cruzada personal había empezado mucho antes, por supuesto: el día en que una jauría de bestias se dieron un festín con toda su familia, y a él le arrancaron un ojo y una oreja, además de todos los daños y heridas luego de una larga lucha por hacerlas retroceder. La conclusión del tribunal fue que él no había tomado las precauciones adecuadas para establecer un clima armonioso con su entorno, que las bestias no tenían conciencia de lo que hacían y que, como tal, no quedaban bajo la pericia de ese tribunal, y que sus actos de violencia hacia los animales habían constituido un alevoso ataque contra el artículo tanto y tanto, de la ley tanto y cuánto. Resultado: tres años de cárcel rebajado a uno considerando la lamentable pérdida de su familia. De ahí en adelante, poner en la mira a un animal y derribarlo sin mayor repulsión se convirtió en un deporte catártico. Luego en una fascinación. Luego en un oficio.
Y ahí estaba. Sentado en aquella solitaria colina, oculto tras el follaje (de algo que sirviera tanta maleza junta), esperando finiquitar su próxima encomienda. Podía distinguir la pequeña casita casi aplastada entre las ramas de tanto árbol que la cercaba, además del escándalo de las aves y el lejano rugir de uno que otro animal. También escuchó risas (¿o llantos?) de niños y niñas, seguidas de voces adultas llamando o dando una orden. Estaban desalojando. Ese era el procedimiento habitual: ellos desalojaban, él iba, hacía su trabajo y ya. Nadie era culpado de nada, sólo él. Pero él ya era un fugitivo, así que daba igual. Al irse probablemente encontraría, en algún lugar de los estrechos caminos de regreso, un pequeño menjunje junto a un poco de comida envuelta, esperando ser encontrada. No pedía mucho. Sólo la satisfacción de ayudar un poco, y ayudarse al mismo tiempo. Y es que a veces encontraba también pequeños juguetes o notas con caligrafías infantiles llenas de agradecimiento junto a su paga. Y sonreía pensando que tal vez, sólo tal vez, esa noche dormirían tranquilos una vez más, ellos y él, al abrigo de un sueño donde el mundo volviera a ser más humano, tan endiabladamente humano que lo de Humano fuera un triste recuerdo de lo que nunca debió ser.

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