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Salvador Dalí.  "Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo"

Salvador Dalí. “Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo”

Creo que estoy enfermo. Enfermo de racismo, homofobia, discriminación, o algo así. No puedo evitarlo. Y trato. Mucho. El doctor dice que es un colapso nervioso por la presión de mi trabajo, pero yo creo que estoy enfermo de más adentro, como del alma. Me angustia salir a la calle, o estar en algún lugar público, y ver gente tan distinta a mí, con esa diferencia que la hace contrastar como un trazo fuera de línea dentro de la realidad. Antes no era así, o al menos yo no me daba cuenta. Y Vallenar no es una ciudad tan grande como para no darse cuenta de las cosas cuando cambian de posición, de forma o de color. Uno lo nota inmediatamente.
Cuando empezaron a aparecer las primeras personas de color en las calles (¿está bien decirles así?) fue como un golpe para el paisaje habitual de la ciudad, pero también hubo algo de curiosidad en ese golpe, creo. Al menos al principio. Eran apariciones muy esporádicas. Pero cuando ya se hicieron habituales, entonces empezó todo. Si veía acercarse a una por la misma vereda, el primer sentimiento que afloraba era el de huida, o de evasión: cambiarme rápido de vereda, bajar la mirada, o hacer como que miraba hacia algún otro lugar. Pero en seguida me invadía la culpa y la vergüenza. Entonces tenía que tomar otra decisión: ¿qué actitud mostrar? Si miraba, ¿notaría en mi rostro el sentimiento que me embargaba, o sólo vería mera curiosidad y morbo? ¿Y si no miraba? ¿Qué hacer? Los últimos segundos de acercamiento eran los más terribles, interminables. Finalmente pasaban. Pero el sudor en mi frente y en mi espalda permanecía, siempre. Al subirme al colectivo junto a una persona discapacitada o con algún acento extraño, al descubrir una pareja del mismo sexo tomados de la mano, o besándose, al doblar una esquina. Siempre ahí. La angustia y el sudor, constantes.
Sé que está mal. No quiero discriminar. Nunca lo hice. Tal vez porque lo más cercano a una persona distinta a nosotros que veíamos en esta ciudad, años atrás, era alguien con un tono de piel algo más oscuro, o un amiguito a amiguita con un problema físico, o con modales demasiado amanerados, pero todos figuras del curioso entramado del barrio o de la ciudad, incluso un poco para la risa y el chiste: el negro curiche, el patecumbia, el fletito… De pronto se convirtieron en parte viviente de las calles, y el chiste pasó a ser un triste recurso del rechazo, de la insensibilidad social ante la diferencia. Así debió ser siempre, supongo. Sé que debe ser así. Pero una parte de mí se niega a entenderlo. Una parte de mí todavía vive en ese Vallenar de calles pululantes dentro de un nítido paisaje, sin demasiados altibajos, donde el peligro de la discriminación y el sentimiento de culpa no amenazaban aparecer a cada paso dado.
El doctor dice que es normal, que es cosa de tiempo. Que me voy a acostumbrar. Pero no me acostumbro. Es agotador. ¿Cómo se debe nombrar a esta persona o aquella para no quedar en completa evidencia de la ignorancia y la falta de consideración a las personas diferentes? ¿Está bien decirles así: diferentes? No sé. No quiero ser irrespetuoso. Sólo quiero no tener que pensar tanto antes de abrir la boca, hacer un gesto o tomar una decisión. Duele. Duele mucho. Todos los días.
Es mi culpa. Lo sé. De nadie más. Es que algo debió cambiar en mí y no lo hizo. Cuando el mundo cambió yo debí cambiar. Y traté de hacerlo, en serio. Aún trato. Pero una parte de mí está atrofiada. Me pregunto cómo lo hacen los demás. Los que como yo no nacieron en este mundo diverso y debieron adaptarse a él, lentamente. Los miro, los veo seguir con sus vidas cotidianamente, incluso a veces hasta sonriendo, sin que parezca importarles demasiado esto ni aquello. Se mueven y se mimetizan, aceptando la realidad tal como es. Como debe ser. Pero a veces veo sus sonrisas, y la convicción de sus miradas ante esta realidad más nueva cada día, y podría jurar que hay algo de estupefacción en cada uno de aquellos gestos. Una sombra leve, casi oculta. Aunque quizás sólo sea yo. Sí, quizás soy yo. Un terrible engendro venido de un tiempo donde todo era monotonal, donde la discriminación era la risa pintada en el rostro de un niño para la aceptación de otro diferente. Un engendro que haría mejor en salir de escena, para que al fin entre el aire y los colores que debieron llenar este mundo desde que es mundo.

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