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Roberto Matta. "Abrir el cubo y encontrar la vida"

Roberto Matta. “Abrir el cubo y encontrar la vida”

 

1

Ahora entro yo.
Salgan.
No he abierto aún
las venas de esta sangre,
ni la boca de esta palabra
ha sido desgajada de su primer sonido aún:
sombra espesa, tiempo errante,
piel suntuosa apretada a un árbol
cual corona frutal ávida
de profundas victorias
subterráneas.
¿Serán estos ojos de Gorgona
que me han brotado de las sienes
hacia el borde de este rostro enjuto?
¿Serán sus destellos crepusculares
sobre la ventana breve
que eclipsa su propio anochecer
los que se arrullan
cual tórtola insomne
entre el follaje sonoro?
Hebras incrustadas, rítmicas cuerdas
destiladas sobre pliegues virginales.
Invocación. Imágenes incomprensibles
en mágica danza
desde una palma
que inclina sus dedos cual capullo sagrado
exprimiendo divinas mieses.
Voces idas, incongruentes ya
en esta hora vernacular de la palabra,
gesto disecado sobre su propia huella
antigua y olvidada para siempre.

2

Por siempre. Para siempre.
Así es como queda
cada cosa puesta sobre
cada esquina del mundo:
sumida en su inexorable crepúsculo,
arrinconada contra su propia sombra,
penitente y obtusa.
¿Quién desplegará las persianas
caídas sobre la postrera
oscuridad
o vigilará los tenues linderos
que el sueño traspasa
inadvertido y risueño
como en un amoroso juego eterno?
¿Fin del juego? ¿Eso es todo?
Y luego la orla infernal de fuego negro
ciñéndose a todo un poco,
así,
como un guiño postrero de adúltera
antes que raye el alba y todo sea reposo
y tiempo ido, consumido
en su breve temblor de hembra herida
por los años y las nieblas
de los siglos.
¿Partir? ¿Volver?
¿Adónde?
Ni siquiera el aquí depuesto
cual letra caducada en inminente
anhelo de lo pretérito ya nunca sido
sabrá decir su por qué, ni su cómo,
ni su cuándo.

3

Abro la boca, ya es tiempo,
y emerjo desde la ostra sideral
que se pliega fuera de sí misma.
Esta era mi alma, al fin, toda ella
desnudez, inaudita, tersa
y fresca como la nuez antes
de hundirse en la fosa sonora,
pestilente, jugosa
de las palabras.
Pongan el bozal a esta loba hambrienta,
abierta hacia la sed insondable
de un ardor silente.
¿Debo tocar mis labios
con dos largos dedos pálidos
y lamer mi propio veneno
refluyendo en su llameante
cuerpo?
Ahora vean. Ahora sientan.
Toquen. Miren.
Frondosos y abismales senderos
serpentean bajo la prudente
faz de lo que se ignora.

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