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Vladimir Kush. "Moonwatch"

Vladimir Kush. “Moonwatch”

Ahora va a levantar los ojos y lo va a ver. Entonces sucederá. Será como ahogarse en una inmensidad sin tiempo ni espacio, igual que cuando se aspira demasiado oxígeno y uno parece hundirse en un pozo voraz e interminable, pero delicioso. Una intoxicación.
― Camina –le digo.
Y aunque le doy la espalda y avanzo casi sin prestarle atención, sé que sigue junto a la compuerta de salida, mirando el cielo con la boca abierta, sintiéndose perdido en esa inmensa fosa oscura plagada de semillas luminosas que se abre sobre su cabeza.
― ¡Avanza, mierda! –le grito, sin volverme–. ¡O piérdete!
Lo siento correr para alcanzarme. Da un tropezón al llegar y lo miro a la tenue luz de la luna que aún no se asoma: una cosa delgada y nerviosa que me sonríe como un estúpido. Apenas se le notan los ojos detrás de la mascarilla y el uniforme parece que le quedara grande, igual que el arma. ¿Tendrá la edad reglamentaria? Es lo peor. Que la Central haya empezado a reclutar niños por debajo de la mayoría de edad y, para terminar de cagarla, que nos obligue a salir con ellos en los reconocimientos de rutina. No es ningún chiste el asunto. ¿Creerán que lo es? Cierto que las zonas asignadas para los casos de entrenamientos de reclutas son generalmente las menos peligrosas y rara vez ocurre algo extraordinario, pero últimamente las apariciones casi se han triplicado en comparación con el año anterior.
― Esa es nuestra zona –le digo, indicando los montículos rocosos que se ven adelante.
Pero él está otra vez con la vista pegada al cielo. Cabro de mierda.
―¡Espabílate, mierda! –grito, descargándole un manotazo en la cabeza.
El golpe lo hace saltar y me mira asustado, protegiéndose con las manos. Tan blancas y venosas. Ni una pizca del gen recesivo. Es lo peor.
―¡No se te ocurra volver a distraerte! –le advierto, acercándome––. ¡Aquí hay que estar atento! ¿Entendiste?
Mueve la cabeza muy rápido, tratando de disimular el miedo. También hay rabia en sus ojos. Eso está bien. Rabia es mejor que miedo. Mucho mejor. Sobre todo en estos parajes y a estas horas de la noche. Sería el acabose si justo en un momento crítico se distrajera, o se asustara. El último casi salió corriendo cuando se atravesó uno de esos pájaros nocturnos que merodean las compuertas en busca de comida; son enormes y más en la noche. El capitán estuvo a punto de pegarle un tiro a ese tarado, por imbécil. Si se hubiera tratado de una verdadera aparición entonces sí que habría sido el fin de todo. Rara vez pasa algo en estos reconocimientos para reclutas, eso sí. Es lo peor. Pero si pasara, preferiría tener a uno de mis viejos compañeros de apoyo, no esta cosa toda temblorosa. ¿Dónde estarán ahora? ¿Habrán cazado algo más allá del límite?
―Destrábala y móntate –le ordeno.
Me mira como si hubiera descubierto el fenómeno más raro del mundo. Esto sí que está bueno. El pendejo no entiende ni media palabra. Por la mierda.
―El arma: destrábala –trato de contenerme, en serio-. Y súbete a la atalaya.
Le indico la cima de la roca. Allí está el primer puesto de vigilancia, el menos peligroso. El mío unos metros más allá. Espero a que destrabe el arma, que parece encabritarse en sus delicadas manos de venas azulinas, y lo ayudo a subir dándole un firme empujón. Cuando queda bien agarrado de las salientes lo dejo. A ver si no se cae y se rompe la inútil cabeza, que se zarandea sobre sus hombros como una masa blanquecina a punto de descoyuntarse, mientras intenta subir. ¿Sería un puro? El Ministerio de Defensa tiene que estar muy mal de voluntarios si está reclutando esta clase de gente. Todo el mundo sabe que no sirven para esto, que se cansan con facilidad, que son demasiado frágiles. ¿Sería cierto que más Recesivos se negaban a cooperar con el gobierno?
Suficiente caldo de cabeza. Hora de abrir bien los ojos y montar guardia. ¿Y si era cierto? Unos cuantos años atrás no hubiera importado la falta de guardianes, pero ahora. Parece como si se hubieran multiplicado de repente. Incluso el radio de apariciones se ha ampliado hacia sectores que nunca antes… Cada vez más cerca. Por eso es un riesgo salir con un recluta incluso a los lugares demarcados como seguros. Se mueven. Los lugares seguros han empezado a dejar de serlo. Pero ¿de dónde salen? El código lo prohíbe, hablar del tema, claro, pero nunca está demás intercambiar algunas ideas o dudas. Mientras nadie se entere. Hay que saber con quien se habla, eso sí. El último juicio por sedición y quebrantamiento del código terminó con dos guardianes en el calabozo, y otros dos caídos en servicio. Caídos en servicio. Bonita forma de mantener el cumplimiento del código. Pero igual se habla y se pregunta. ¿De dónde? Si las leyendas… Mierda. ¿Y eso? ¿Qué fue?
Una sombra. Quizás un pájaro. Quizás no. Vino del lado del recluta. ¿Habrá abandonado el puesto? No sería la primera vez. Una vez pasó. Si lo dejó, juro que… El radio.
― Perro Guardián a Quiltro, cambio.
La idea de los apodos fue mía, claro. Un resollante jadeo multiplicado por dos en el radiotransmisor y la voz agitada, casi gimiendo, pero tratando de controlarse.
―Vi una… algo que pasó por abajo…
Silencio. Di cambio, estúpido.
―Cambio…
―¿Qué era? Cambio.
―No sé.., se vio como una cosa, una cosa… Cambio.
Una cosa. Si me matan por culpa de este hueón… No se ve nada. No desde aquí, y la mirilla del arma es potente. ¿Dónde se habrá escondido el muy maricón? No hay movimiento en la atalaya.
―Quédate ahí. Voy a bajar. Fuera.
Es lo peor. Si la cosa logra pasar la barrera de contención mejor irse olvidando de este mundo. El código ordena o matar o morir. No hay otra. Si esa cosa es una aparición y pasa el límite tiene que ser sobre el cadáver del guardián, de ningún otro modo. Muy bien. Hay que bajar. Despacio. Pedazo de mierda blanca, tenía que ser un pedazo de mierda blanca, claro. Se creen mejores que el resto, pero no sirven para nada. Tengo que moverme con cuidado. Ojalá no se le ocurra a la luna subir ahora. Ya casi llego. Concéntrate. Escucha. Nada. Ni el viento. Ahora, unos pasos más y… ¡Mierda!
―¡No dispare!
―¡Cállate, cabro culiao! –susurro, agarrándolo de la pechera. El cañón todavía apuntándole la cara aparecida de repente–. ¡Casi te mato!
Veo el terror en sus ojos. Un terror tan aberrante que se pierde más allá del cañón que le apunta y de mí. Detrás de mí. ¿Está…? Antes de reaccionar la sombra cae sobre los dos, enorme, como una mole de roca que se desprende del desfiladero. Empujo al recluta, lo oigo dar un chillido histérico y alcanzo a esquivar el puño que se estrella contra la arena. El golpe retumba en la noche. Giro para apuntar el arma. Centra la visión. Y la aparición se yergue, a menos de un metro, dispuesta a saltar. Pero no salta. En cambio, pregunta:
―¿Vas a matarme?
Habla. Está hablando. Entonces las historias, las leyendas… Todos estos años. Disparar sobre lo que se mueve, sin preguntar. Desde lejos, sin ningún contacto directo, ni visual ni verbal. Nada. El código lo exigía. Disparar y dejar el trabajo a los de Desinfección porque era peligroso. Una virus mutante, una degeneración recesiva aberrante. Casi animales. Sólo disparar y alejarse, evitar que pasaran la barrera, día tras día, mes tras mes, año tras año. Y las leyendas, claro. Las leyendas que hablaban de Integrales, de la Antigua Raza, de la vida bajo el subsuelo… Demasiado tarde para reaccionar ya. La enorme mole ha saltado sobre mí. Mierda.
El disparo suena seco y atraviesa la enorme cabeza. Veo con claridad la explosión de sangre, una breve corona sobre su frente, antes de hacerme a un lado y evitar que me aplaste. Me levanto rápido y lo descubro. Jadeante y pequeño, casi nadando en su uniforme. Ya no parece tan pequeño con el arma aún humeante entre sus manos casi infantiles. Salvado por el pendejo inútil, quién se lo va a creer. Me acerco al cuerpo muerto y lo examino. El color de mi mano se confunde con el de ese cuello impresionante y pétreo. Pero es sólo mi mano y alguna que otra parte de mi cuerpo.
―Está muerto –digo.
―Es… es… –tartamudea el pendejo inútil.
Es lo peor. Ahora se va a acercar y va a suceder. Tiene que suceder. Igual que al salir la primera vez a la noche del desierto, lejos de ese cielo filtrado por la transparencia de los domos y la reflexión de la luz de las ciudades que apenas dejan ver nada del cielo nocturno. La primera impresión. Lo sé. También lo viví, hace demasiado tiempo ya. La excitación del descubrimiento, del asombro desmedido ante lo inimaginable. Ante la realidad que muestra su otra cara. Por eso sé lo que va a pasar ahora. Se acercará y mirará esa nueva revelación, esa realidad imposible, y la fascinación lo inundará. Y hará preguntas. Miles de preguntas. Porque es un pobre pendejo inútil que recién descubre un mundo casi vedado para otros. En cambio a nosotros el asombro ya nos fue delimitado, perfectamente delimitado. El código. Es la regla de vida de todo guardián. Se pueden hacer preguntas, claro, pero hay que saber cómo hacerlas, dónde y cuando. Pero este pendejo.
Sé lo que va a pasar. Un disparo más en la noche. Eso va a pasar. Veo esos ojos casi infantiles temblar de excitación sobre el cuerpo tirado. Preguntarse. Ahora la luna sube. Justo a tiempo. Un hechizo imposible de resistir. Está asomando entre los cerros. Ocurrirá. Va a levantar la vista. Sus ojos se perderán ante esa nueva visión de lo imposible. Tiempo suficiente para preparar el arma, apuntar sobre su rostro extasiado en aquella maravilla brotando, amarilla, inmensa, como un domo sin límites, decir mis oraciones y disparar.

En El suave vaivén de los álamos – Horacio Lobos Luna (2008).

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