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Rene Magritte.  "El modelo rojo"

Rene Magritte. “El modelo rojo”

No contestar el celular nunca fue una opción para él. Ni siquiera en el último incómodo momento. Siempre habían sido incómodos tratándose del Emilio, en todo caso, al menos desde que cada cual había hecho su vida, armado una familia, adquirido deudas, entrando en el torbellino de lo que implica una vida adulta, en este país al menos. Emilio, en cambio, había permanecido con el pelo largo, la barba motosa (ambos mal cuidados y oliendo a la comida del día mezclado con incienso), su típica vestimenta área entre artesa y new age, y sumándose a cada marcha o movimiento social antisistémico que podía. El tiempo, la vida, parecían no haber pasado por él desde los sueños de juventud, o si habían pasado, habían fracasado rotundamente en su intento por arrastrarlo a las aguas de las responsabilidades cotidianas.
Cada vez que sonaba su celular y demoraba más de lo habitual en aceptar la llamada, Sabina lo miraba con un aire de reproche mal disimulado, o se hacía la desentendida, emitiendo un leve carraspeo, una tos, o cualquiera de esos inocentes sonidos que se escapan cuando palabras que preferimos no pronunciar se atascan en la garganta. Sabía perfectamente que del otro lado de la línea estaría Emilio, invitándolos a una marcha por la educación, el agua y el medio ambiente, la diversidad sexual, alguna asamblea social, una funa, o simplemente pidiendo apoyo para recoger firmas a favor de cualquier causa que le pareciera medianamente combativa. Difícil emitir una negativa sin sentir que estaban traicionando un alto valor social que alguna vez defendieron juntos (y que Sabina y él aún defendían, al menos hasta donde las circunstancias actuales lo permitían), pero mucho peor era tener que dar la excusa del caso: el trabajo, un compromiso familiar, algún trámite ineludible, etc. Hubiera sido más fácil ignorarlo, dejar sonar el celular, o sólo apagarlo apenas se enteraban que había una marcha en proceso organizándose en las redes sociales, que era casi todo el tiempo, porque -como Sabina solía repetir- en este país últimamente la gente creía que todo se iba a solucionar con unas cuantas marchas. Lo decía con ese dejo de sarcasmo del adulto que conoce muy bien la realidad sobre la que está parado, y a la que le ha tomado perfectamente el peso.
Porque Emilio no podía conocer el peso de esa realidad. No con ese eterno afán de vida utópico-revolucionario que ya no le venía, si no era con el patetismo de un traje de última moda en un viejo cincuentón que se niega a crecer y asumir el costo de ser adulto. Había que seguir. Y con cada llamada de Emilio, la continuidad de esa existencia adulta en plenitud parecía tropezarse, revolverse contra sí misma, con la sensación agridulce de una vieja foto encontrada en un cajón un día cualquiera, archivada allí por un largo olvido, y a la que, aparte de una sonrisa nostálgica, no podemos dedicarle más tiempo sin el riesgo de quedar estancados allí para siempre. Cada llamada era el recordatorio de una etapa superada y a la que no podían volver por más que quisieran, aún cuando siguieran adhiriendo a un par de los mismos ideales, o asistieran de vez en cuando al llamado de Emilio y a una que otra marcha, enarbolaran letreros, gritaran consignas (las mismas con letra renovadas, o nuevas con los clichés clásicos de izquierda) y revivieran los antiguos fuegos del entusiasmo, hasta que la marcha se disolvía, volviendo rápidamente a sus vidas, aprovechando la oportunidad para ir al supermercado o finiquitar algún trámite en el centro, y restableciendo el orden eclipsado por la breve euforia.
El último llamado de Emilio fue un sábado en la noche, mientras él y Sabina terminaban de acostar a los niños, y se acomodaban en la cama para ponerse al día con las noticias en televisión. Cáncer avanzado. No había mucho que hacer, así que había decidido irse del país, a un recorrido por algunos lugares de Latinoamérica, ya sabía, como el Che, en una pequeña motocicleta que la Meche (otra utópica amiga de juventud) le había prestado. No escuchó la protesta de ambos, insistiendo en que se quedara, que no fuera estúpido, que ellos le conseguirían algún tratamiento, que el Auge, que esto y lo otro… Inútil. Dijo que la medicina tradicional ya no era opción para él, que buscaría por otro lado, en otros lugares. Que los llamaría.
Pero nunca más llamó, ni tuvieron noticias de él. Esa noche apagaron la tele más temprano, y se acostaron en silencio. Y entonces lo supieron. La densa sensación de ese silencio fue el preludio del silencio que se extendería por el resto de sus vidas sobre aquél remanente de antigua piel que había sido Emilio. Un obstinado padastro arrancado de súbito y dolorosamente, pero que pronto sanaría, para por fin poder continuar con la vida como debía ser.

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